LA MODERNIDAD Y LOS CRIOLLOS
La simulación del desarrollo
La frustración de las expectativas
El acriollamiento del inmigrante
Los factores positivos
Las dudas sobre la decisión

"El crecimiento económico no constituye el fin del desarrollo, pero... sin crecimiento económico no hay desarrollo.
(PNUD, S-7, p. 138)

"Sin embargo, un cambio en la renta nacional por habitante nunca puede utilizarse como mucho más que un indicador aproximado del cambio en el sistema social entero que realmente deseamos aprehender. No habría que permitir que el uso como indicador de la renta por habitante motivara una atención indebida hacia las condiciones económicas -siempre más fácilmente accesibles-, lo cual podría redundar en actitudes parciales a la hora de elegir los cambios a implantar en el sistema. En el análisis final hemos insistido en que el desarrollo es siempre un problema humano."
(Myrdal, M-85, p. 500)


     El avance legítimo en la civilización, llámese progreso, desarrollo, desenvolvimiento, o de otra manera, siendo un proceso múltiple, no puede ser retratado valederamente por un solo tipo de estadística. Las mediciones del Producto Interno de los países, en términos promedio por habitante, fueron las primeras en usarse porque se asignaba gran importancia a la riqueza relativa de los pueblos.      A esto se debió que las estadísticas económicas fueran rápidamente perfeccionadas para permitir comparaciones entre situaciones de riqueza muy dispares. Sin embargo, es sabido que el enriquecimiento fortuito, del que hay ejemplos en todos los tiempos, puede engañar con relación al real tecnotropismo y modernización de un pueblo, en casos en que la acumulación de capital económico avanza muy asimétricamente con relación a la acumulación de los factores sociales, políticos y espirituales. Todos éstos son los integrantes principales del capital social, a los que hemos descripto como fundamentales para que los avances en la civilización sean genuinos y sustentables a largo plazo.
     Es un hecho conocido que acumulaciones notables y rápidas de riqueza, o sea de mero capital físico, pueden producirse como consecuencia de la explotación de recursos naturales muy generosos o de localizaciones que resultan providenciales por muy diversas circunstancias. Durante la Edad Media conocieron así grandes auges las regiones de Europa que contaban con minas de la preciada sal y se enriquecieron los señores bandoleros cuyos castillos jalonaban las rutas, lo que les permitía arrancar peajes vendiendo protección a los mercaderes. Las minas de plata convirtieron al Potosí colonial en la Ciudad Imperial y lo mismo ocurrió con los filones de Zacatecas durante buena parte del periodo virreinal, en México. Con la evolución de los tiempos, la riqueza derivó de las cuencas carboníferas, y luego, de las áreas petroleras y gasíferas, como las que actualmente circundan el Golfo Pérsico, pero que también existen en la Rusia asiática, Rumania, Borneo, Venezuela, México, Nigeria y otros lugares.      Son conocidos también los booms producidos por los fosfatos de Marruecos, las ricas vetas mineras del Congo Belga, los diamantes en Sud África, el estaño boliviano, los nitratos y el cobre en Chile, así como las frenéticas corridas provocadas por el descubrimiento de pláceres auríferos en varios lugares y épocas. También la agricultura puede ser causa de estas bonanzas. La amplia disponibilidad de tierras agrícolas a fines del siglo XIX en lo que se denominó el grupo de países de ocupación reciente (Estados Unidos, Canadá, Argentina, Uruguay, Australia, Nueva Zelandia y África del Sur) provocó grandes acumulaciones de riqueza en dichos países. El fenómeno se reprodujo en los enclaves de productos tropicales de exportación, primordialmente cuando las interrupciones de los fletes marítimos durante las guerras mundiales indujeron cambios importantes en las áreas productoras, como es un ejemplo típico el fugaz auge cauchero en el Amazonas durante la Segunda Guerra Mundial, al quedar eliminada la producción similar del sur del Asia. Por mecanismos similares, las playas soleadas de México, las islas del Caribe, del Egeo o del Mediterráneo, cosechan importantes ganancias de sus industrias turísticas, gracias a la vecindad de los centros de población de altos ingresos y baja insolación de la Europa y América septentrionales. La afluencia de millones de peregrinos vuelca fortunas sobre lugares como la Meca, Lourdes, Fátima o Jerusalén, por exhibir sus reliquias, monumentos o santuarios, y también istmos ubicados estratégicamente, como Suez y Panamá, obtienen rentas altísimas por sólo ceder el paso a la navegación a su través, por canales que ni siquiera concibieron ellos mismos. Determinados emplazamientos pueden tornarse de pronto estratégicos por decisiones políticas. Es el caso de factorías como Hong Kong o Singapur, a las cuales los acuerdos político-comerciales del Oriente con Occidente han multiplicado el giro de los negocios, y algo parecido rige para los diversos lugares convertidos en paraísos fiscales y emporios bancarios y financieros, como Suiza, Luxemburgo o las Bahamas.
     Estos enriquecimientos súbitos, de magnitud y duración variada, quedan claramente expuestos en el cuadro n° 5, en el cual la columna (2) representa con cifras negativas el desequilibrio entre riqueza y capital social y permite comparar los casos de crecimiento del PB. muy rápidos y, a la inversa, apreciar aquéllos en los que han evolucionado comparativamente mejor sus estructuras sociales, ganando terreno sobre el ingreso. Casos de ambas situaciones se dan, tanto en pueblos que ya tienen un elevado IDH, como Suiza (13), Hong Kong (24) y Luxemburgo (27), como en los de menor desarrollo humano: los Emiratos Arabes Unidos (45), Venezuela (47), Irán (62), Arabia Saudita (76). Combinados sirven como ejemplos para ilustrar las asimetrías que pueden darse entre el enriquecimiento económico y la elevación de las condiciones sociales.
     Gracias a disfrutar del boom agroexportador de 1850 a 1930, la Argentina y el Uruguay pasaron rápidamente, de ser el rincón más pobre del ex imperio español de América, a tener el producto por habitante más alto de toda la región. Gracias a los ingresos derivados de ese período de food power ambos se habían colocado a principios del siglo XX entre los países más ricos del mundo.
     Cuando sectores circunscriptos de la economía -a veces exclusivamente uno- funcionan tan brillantemente y aportan un producto tan jugoso como fortuito, el área favorecida se convierte en un imán que atrae inversiones de todo tipo. No sólo crece la propia actividad de alto dinamismo, sino toda una gama de otras muchas derivadas, abastecedoras de servicios, insumos y complementos que son necesarios para el procesamiento y disposición de los ricos productos nuevos. Todas estas actividades estimuladas por encima de los promedios históricos, incrementan su producción, aumentan su capacidad instalada, incorporan trabajadores. La movilización económica produce el conocido efecto desborde (spill over), tonificador del accionar de hasta los sectores alejados.
     Lo habitual es que la oferta de mano de obra local en estos períodos sea ampliamente desbordada requiriéndose, además, personal capacitado en manualidades, destrezas y operaciones desconocidas para la población. Esto hace que, prácticamente siempre, el boom económico eleve los salarios y atraiga inmigración que procura mejorar su situación. En el término de meses surgen ciudades, puertos, se consolidan instituciones. La euforia se generaliza. La marcada estratificación social y disparidad de ingresos característicos de los pueblos atrasados y la concentración del control de los recursos estratégicos generan fortunas cuantiosas, consumo suntuario y ocio dorado en los jeques, empresarios y otros dirigentes tradicionales que se ven de súbito riquísimos. La nueva plutocracia y los grupos que acceden a una burguesía pudiente demandan nuevos productos, entre ellos, bienes culturales, y fomentan tendencias imperiales. Se ven brotar iniciativas artísticas inimaginables antes de la bonanza. La famosa ópera de Manaos, el movimiento literario y la plástica rioplatense del Centenario, la arquitectura fastuosa de los Emiratos Árabes, y también la creación de ejércitos formidables como en Irak e Irán, son otros tantos ejemplos. Las simulaciones del progreso por la riqueza son tan elaboradas y los determinantes económicos tan penetrantes, que llega a hacerse dificil deslindar lo falso de lo verdadero en un país, pueblo o región entrado en esta senda.
     Sin embargo, visualizado desde la realidad de las dirigencias criollas que hasta ese momento, habían visto satisfechas muy parca y paulatinamente las convicciones de un futuro grandioso, presentes como valor esencial en la población criolla desde muy atrás en el tiempo, una era de crecimiento rapidísimo parecía venir finalmente a poner justicia en las cosas. El destino manifiesto principalmente encarnado en los porteños del Centenario, en los venezolanos del bolívar fuerte, en los neobandeirantes paulistas y en otros grupos criollos exitosos pasaría por alto todas las objeciones y reservas al modelo social-político vigente
     Muchos pensadores de la América Latina y del mundo (Mijares, Roldán, Bello, Henríquez Ureña) cantarían al rápido avance coyuntural de los períodos de simulación del desarrollo como un camino de esperanza hacia el mz)dernismo, que los ríoplatenses y otros enclaves de milagros económicos parecían desbrozar para todos los pueblos criollos. Era fácil interpretar la bonanza económica y sus derivaciones en la rápida creación de instituciones modernas, como una secuencia lógica de las Organizaciones Nacionales, acalladas las peores etapas de guerra civil, con su consecuencia de pacificación de los espíritus y mejoramiento del diálogo político, parecía realmente un avance en el ordenamiento independiente y en la institucionalización eficaz que convenía a todos.
     El coro de alabanzas externas y autoelogios inspiraría la actitud suficiente hasta la pedantería, que la mayoría de los latinoamericanos menos europeizados reprocharon en los argentinos y, algo menos, matizado por la pequeñez geográfica, en los uruguayos.
     Una de las expresiones más acabadas de este optimismo que se haría desbordante alrededor del Centenario, sería la obra del uruguayo Enrique Rodó, quien reviviría la oposición de La Tempestad shakespeariana, entre el Ariel del progreso supuestamente humanista y espiritualizado del Río de la Plata, frente al Calibán mercantilizado, grisáceo y mecánico de los Estados Unidos, como destinos manifiestos disímiles que,. en aquel tiempo, parecían poder medirse competitivamente. Una visión comparable fue sostenida en México, por Vasconcelos, en tanto que Rangel (R-3) y Fernández Retamar destacarían la insanable ingenuidad del planteo. Surgirían también interpretaciones más sensatas:

"Como todos los parvenus, el parvenu de la civilización se avergüenza de las horas humildes en que inició su existencia y tiende a sigilarlas. El progresista de nuestro tiempo (..) cree que el pretérito no puede enseñarnos nada, y mucho menos ese pasado absoluto, fuera ya de la cronología, que habita el hombre prehistórico."
(Ortega y Gasset, 0-3, Vol. II, p. 281)

     Los períodos de esplendor económico a que nos referimos reconocían como verdadero motor las grandes transformaciones provocadas por la Revolución Industrial, desde fines del siglo XIX, en el orbe entero, con sus novedades técnicas, su fuerte demanda de alimentos y materias primas, la gran disponibilidad de capitales de riesgo y la expulsión estructural de mano de obra de las producciones que iban adoptando el maquinismo, mucho más que a una maduración psico-social y una real acumulación de capital social en los propios grupos latinoamericanos. En estas circunstancias pocos se detuvieron a reflexionar sobre la sostenibilidad, solidez o eventual colapso de los factores que habían gatillado el proceso. Cuando alguno lo hizo, los datos inmediatos fueron suficientemente poderosos para no prestar crédito a agorerías y seguir adelante. En el caso de la Argentina Opulenta del período agroexportador, sin embargo, existió una permanente corriente de pensamiento que seguía criticando la falta de desarrollo humano de la población (Ayarragaray, Bunge, Ingenieros, Mallea, Martínez Estrada, Lugones, y otros muchos). Otro grupo, citado por Halperín Donghi (H-8) desconfiaría siempre de la posibilidad de una prosperidad fundada exclusivamente en la exportación de alimentos y fibras. Los intentos de acelerar la industrialización auspiciados por Carlos Pellegrini, los generales Savio, Mosconi y otros visionarios, fueron en su momento bastante más sensatos y lograron avances efectivos más sólidos y cualitativamente superiores a los mucho más amplios pero infinitamente más costosos que serían impuestos en la segunda mitad del siglo como industrialización a ultranza y sustitución de importaciones. Sin embargo, la vocación ecológica y cultural de la región y la coyuntura comercial internacional hacían mucho más eficiente, en el corto plazo, concentrar las inversiones en la producción y comercio de productos transables (Díaz Alejandro, D-44).
     Al cambiar el escenario mundial, en las cinco o seis décadas subsiguientes, los mismos pueblos, tan adulados, vieron transformar alabanzas y zalemas en dicterios, respondiendo a inversa simétrica injusticia.
     Tras ser celebrados como Tierra de promisión los rioplatenses serían definidos por los observadores superficiales como la desilusión del siglo XX y se destaca la reaparición en ellos de los rasgos de republiquetas bananeras, que parecían olvidados en el pasado.
     Un argentino anónimo citado en el Boston Globe del 3 de octubre de 1981, expresaría la desesperanza diciendo:

"Argentina es simplemente un fracaso como país. Todo el mundo sabe que algo ha ido muy mal aquí y existen pocas posibilidades de que mejore."

     Es excepcional que los análisis de un país desciendan a las profundidades, siempre elusivas, de los procesos sociales de todo tipo que subyacen encubiertos, frente a la presencia mucho más evidente de la corteza exterior fácilmente explorable y descriptible de una comunidad en un momento histórico determinado. A lo sumo se producen diagnósticos acertados pero tardíos como el que sigue, efectuado por Carlos Rangel (R-5):

"En el medio siglo que va aproximadamente de 1860 a 1910... Argentina logró asemejarse a los EE. UU. más o menos como las plantas de invernadero son parecidas a las que crecen en otro suelo y otro clima. El invernadero argentino en el cual podían suponer los argentinos (y los demás latinoamericanos) que estaba creciendo el prodigio de un coloso del sur, capaz de rivalizar con los EE. UU., fue una democracia oligárquica controlada estrechamente por minorías cultas en alianza con los grandes estancieros, devenidos millonarios por el auge de la ganadería y por la exportación..."

     Evidentemente, por mejor que la riqueza simule el desarrollo, este último es mucho más, como queda evidenciado en la disparidad de las cifras del PB y del IDH, en el cuadro N° 5.