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El avance legítimo en la civilización, llámese
progreso, desarrollo, desenvolvimiento, o de otra manera, siendo un proceso
múltiple, no puede ser retratado valederamente por un solo tipo de
estadística. Las mediciones del Producto Interno de los países, en términos
promedio por habitante, fueron las primeras en usarse porque se asignaba gran
importancia a la riqueza relativa de los pueblos.
A esto se debió que las estadísticas económicas fueran rápidamente
perfeccionadas para permitir comparaciones entre situaciones de riqueza muy
dispares. Sin embargo, es sabido que el enriquecimiento fortuito, del que hay
ejemplos en todos los tiempos, puede engañar con relación al real
tecnotropismo y modernización de un pueblo, en casos en que la acumulación de
capital económico avanza muy asimétricamente con relación a la acumulación
de los factores sociales, políticos y espirituales. Todos éstos son los
integrantes principales del capital social, a los que hemos descripto como
fundamentales para que los avances en la civilización sean genuinos y
sustentables a largo plazo.
Es un hecho conocido que acumulaciones notables y
rápidas de riqueza, o sea de mero capital físico, pueden producirse como
consecuencia de la explotación de recursos naturales muy generosos o de
localizaciones que resultan providenciales por muy diversas circunstancias.
Durante la Edad Media conocieron así grandes auges las regiones de Europa que
contaban con minas de la preciada sal y se enriquecieron los señores bandoleros
cuyos castillos jalonaban las rutas, lo que les permitía arrancar peajes
vendiendo protección a los mercaderes. Las minas de plata convirtieron al
Potosí colonial en la Ciudad Imperial y lo mismo ocurrió con los filones de
Zacatecas durante buena parte del periodo virreinal, en México. Con la
evolución de los tiempos, la riqueza derivó de las cuencas carboníferas, y
luego, de las áreas petroleras y gasíferas, como las que actualmente circundan
el Golfo Pérsico, pero que también existen en la Rusia asiática, Rumania,
Borneo, Venezuela, México, Nigeria y otros lugares.
Son conocidos también los booms producidos por los fosfatos de Marruecos, las
ricas vetas mineras del Congo Belga, los diamantes en Sud África, el estaño
boliviano, los nitratos y el cobre en Chile, así como las frenéticas corridas
provocadas por el descubrimiento de pláceres auríferos en varios lugares y
épocas. También la agricultura puede ser causa de estas bonanzas. La amplia
disponibilidad de tierras agrícolas a fines del siglo XIX en lo que se
denominó el grupo de países de ocupación reciente (Estados Unidos, Canadá,
Argentina, Uruguay, Australia, Nueva Zelandia y África del Sur) provocó
grandes acumulaciones de riqueza en dichos países. El fenómeno se reprodujo en
los enclaves de productos tropicales de exportación, primordialmente cuando las
interrupciones de los fletes marítimos durante las guerras mundiales indujeron
cambios importantes en las áreas productoras, como es un ejemplo típico el
fugaz auge cauchero en el Amazonas durante la Segunda Guerra Mundial, al quedar
eliminada la producción similar del sur del Asia. Por mecanismos similares, las
playas soleadas de México, las islas del Caribe, del Egeo o del Mediterráneo,
cosechan importantes ganancias de sus industrias turísticas, gracias a la
vecindad de los centros de población de altos ingresos y baja insolación de la
Europa y América septentrionales. La afluencia de millones de peregrinos vuelca
fortunas sobre lugares como la Meca, Lourdes, Fátima o Jerusalén, por exhibir
sus reliquias, monumentos o santuarios, y también istmos ubicados
estratégicamente, como Suez y Panamá, obtienen rentas altísimas por sólo
ceder el paso a la navegación a su través, por canales que ni siquiera
concibieron ellos mismos. Determinados emplazamientos pueden tornarse de pronto
estratégicos por decisiones políticas. Es el caso de factorías como Hong Kong
o Singapur, a las cuales los acuerdos político-comerciales del Oriente con
Occidente han multiplicado el giro de los negocios, y algo parecido rige para
los diversos lugares convertidos en paraísos fiscales y emporios bancarios y
financieros, como Suiza, Luxemburgo o las Bahamas.
Estos enriquecimientos súbitos, de magnitud y
duración variada, quedan claramente expuestos en el cuadro n° 5, en el cual la
columna (2) representa con cifras negativas el desequilibrio entre riqueza y
capital social y permite comparar los casos de crecimiento del PB. muy rápidos
y, a la inversa, apreciar aquéllos en los que han evolucionado comparativamente
mejor sus estructuras sociales, ganando terreno sobre el ingreso. Casos de ambas
situaciones se dan, tanto en pueblos que ya tienen un elevado IDH, como Suiza
(13), Hong Kong (24) y Luxemburgo (27), como en los de menor desarrollo humano:
los Emiratos Arabes Unidos (45), Venezuela (47), Irán (62), Arabia Saudita
(76). Combinados sirven como ejemplos para ilustrar las asimetrías que pueden
darse entre el enriquecimiento económico y la elevación de las condiciones
sociales.
Gracias a disfrutar del boom agroexportador de 1850 a
1930, la Argentina y el Uruguay pasaron rápidamente, de ser el rincón más
pobre del ex imperio español de América, a tener el producto por habitante
más alto de toda la región. Gracias a los ingresos derivados de ese período
de food power ambos se habían colocado a principios del siglo XX entre los
países más ricos del mundo.
Cuando sectores circunscriptos de la economía -a veces
exclusivamente uno- funcionan tan brillantemente y aportan un producto tan
jugoso como fortuito, el área favorecida se convierte en un imán que atrae
inversiones de todo tipo. No sólo crece la propia actividad de alto dinamismo,
sino toda una gama de otras muchas derivadas, abastecedoras de servicios,
insumos y complementos que son necesarios para el procesamiento y disposición
de los ricos productos nuevos. Todas estas actividades estimuladas por encima de
los promedios históricos, incrementan su producción, aumentan su capacidad
instalada, incorporan trabajadores. La movilización económica produce el
conocido efecto desborde (spill over), tonificador del accionar de hasta los
sectores alejados.
Lo habitual es que la oferta de mano de obra local en
estos períodos sea ampliamente desbordada requiriéndose, además, personal
capacitado en manualidades, destrezas y operaciones desconocidas para la
población. Esto hace que, prácticamente siempre, el boom económico eleve los
salarios y atraiga inmigración que procura mejorar su situación. En el
término de meses surgen ciudades, puertos, se consolidan instituciones. La
euforia se generaliza. La marcada estratificación social y disparidad de
ingresos característicos de los pueblos atrasados y la concentración del
control de los recursos estratégicos generan fortunas cuantiosas, consumo
suntuario y ocio dorado en los jeques, empresarios y otros dirigentes
tradicionales que se ven de súbito riquísimos. La nueva plutocracia y los
grupos que acceden a una burguesía pudiente demandan nuevos productos, entre
ellos, bienes culturales, y fomentan tendencias imperiales. Se ven brotar
iniciativas artísticas inimaginables antes de la bonanza. La famosa ópera de
Manaos, el movimiento literario y la plástica rioplatense del Centenario, la
arquitectura fastuosa de los Emiratos Árabes, y también la creación de
ejércitos formidables como en Irak e Irán, son otros tantos ejemplos. Las
simulaciones del progreso por la riqueza son tan elaboradas y los determinantes
económicos tan penetrantes, que llega a hacerse dificil deslindar lo falso de
lo verdadero en un país, pueblo o región entrado en esta senda.
Sin embargo, visualizado desde la realidad de las
dirigencias criollas que hasta ese momento, habían visto satisfechas muy parca
y paulatinamente las convicciones de un futuro grandioso, presentes como valor
esencial en la población criolla desde muy atrás en el tiempo, una era de
crecimiento rapidísimo parecía venir finalmente a poner justicia en las cosas.
El destino manifiesto principalmente encarnado en los porteños del Centenario,
en los venezolanos del bolívar fuerte, en los neobandeirantes paulistas y en
otros grupos criollos exitosos pasaría por alto todas las objeciones y reservas
al modelo social-político vigente
Muchos pensadores de la América Latina y del mundo
(Mijares, Roldán, Bello, Henríquez Ureña) cantarían al rápido avance
coyuntural de los períodos de simulación del desarrollo como un camino de
esperanza hacia el mz)dernismo, que los ríoplatenses y otros enclaves de
milagros económicos parecían desbrozar para todos los pueblos criollos. Era
fácil interpretar la bonanza económica y sus derivaciones en la rápida
creación de instituciones modernas, como una secuencia lógica de las
Organizaciones Nacionales, acalladas las peores etapas de guerra civil, con su
consecuencia de pacificación de los espíritus y mejoramiento del diálogo
político, parecía realmente un avance en el ordenamiento independiente y en la
institucionalización eficaz que convenía a todos.
El coro de alabanzas externas y autoelogios inspiraría
la actitud suficiente hasta la pedantería, que la mayoría de los
latinoamericanos menos europeizados reprocharon en los argentinos y, algo menos,
matizado por la pequeñez geográfica, en los uruguayos.
Una de las expresiones más acabadas de este optimismo
que se haría desbordante alrededor del Centenario, sería la obra del uruguayo
Enrique Rodó, quien reviviría la oposición de La Tempestad shakespeariana,
entre el Ariel del progreso supuestamente humanista y espiritualizado del Río
de la Plata, frente al Calibán mercantilizado, grisáceo y mecánico de los
Estados Unidos, como destinos manifiestos disímiles que,. en aquel tiempo,
parecían poder medirse competitivamente. Una visión comparable fue sostenida
en México, por Vasconcelos, en tanto que Rangel (R-3) y Fernández Retamar
destacarían la insanable ingenuidad del planteo. Surgirían también
interpretaciones más sensatas:
"Como todos los parvenus, el parvenu de la civilización se
avergüenza de las horas humildes en que inició su existencia y tiende a
sigilarlas. El progresista de nuestro tiempo (..) cree que el pretérito no
puede enseñarnos nada, y mucho menos ese pasado absoluto, fuera ya de la
cronología, que habita el hombre prehistórico."
(Ortega y Gasset, 0-3, Vol. II, p. 281)
Los períodos de esplendor económico a que nos
referimos reconocían como verdadero motor las grandes transformaciones
provocadas por la Revolución Industrial, desde fines del siglo XIX, en el orbe
entero, con sus novedades técnicas, su fuerte demanda de alimentos y materias
primas, la gran disponibilidad de capitales de riesgo y la expulsión
estructural de mano de obra de las producciones que iban adoptando el
maquinismo, mucho más que a una maduración psico-social y una real
acumulación de capital social en los propios grupos latinoamericanos. En estas
circunstancias pocos se detuvieron a reflexionar sobre la sostenibilidad,
solidez o eventual colapso de los factores que habían gatillado el proceso.
Cuando alguno lo hizo, los datos inmediatos fueron suficientemente poderosos
para no prestar crédito a agorerías y seguir adelante. En el caso de la
Argentina Opulenta del período agroexportador, sin embargo, existió una
permanente corriente de pensamiento que seguía criticando la falta de
desarrollo humano de la población (Ayarragaray, Bunge, Ingenieros, Mallea,
Martínez Estrada, Lugones, y otros muchos). Otro grupo, citado por Halperín
Donghi (H-8) desconfiaría siempre de la posibilidad de una prosperidad fundada
exclusivamente en la exportación de alimentos y fibras. Los intentos de
acelerar la industrialización auspiciados por Carlos Pellegrini, los generales
Savio, Mosconi y otros visionarios, fueron en su momento bastante más sensatos
y lograron avances efectivos más sólidos y cualitativamente superiores a los
mucho más amplios pero infinitamente más costosos que serían impuestos en la
segunda mitad del siglo como industrialización a ultranza y sustitución de
importaciones. Sin embargo, la vocación ecológica y cultural de la región y
la coyuntura comercial internacional hacían mucho más eficiente, en el corto
plazo, concentrar las inversiones en la producción y comercio de productos
transables (Díaz Alejandro, D-44).
Al cambiar el escenario mundial, en las cinco o seis
décadas subsiguientes, los mismos pueblos, tan adulados, vieron transformar
alabanzas y zalemas en dicterios, respondiendo a inversa simétrica injusticia.
Tras ser celebrados como Tierra de promisión los
rioplatenses serían definidos por los observadores superficiales como la
desilusión del siglo XX y se destaca la reaparición en ellos de los rasgos de
republiquetas bananeras, que parecían olvidados en el pasado.
Un argentino anónimo citado en el Boston Globe del 3
de octubre de 1981, expresaría la desesperanza diciendo:
"Argentina es simplemente un fracaso como país. Todo el mundo sabe
que algo ha ido muy mal aquí y existen pocas posibilidades de que
mejore."
Es excepcional que los análisis de un país
desciendan a las profundidades, siempre elusivas, de los procesos sociales de
todo tipo que subyacen encubiertos, frente a la presencia mucho más evidente de
la corteza exterior fácilmente explorable y descriptible de una comunidad en un
momento histórico determinado. A lo sumo se producen diagnósticos acertados
pero tardíos como el que sigue, efectuado por Carlos Rangel (R-5):
"En el medio siglo que va aproximadamente de 1860 a 1910...
Argentina logró asemejarse a los EE. UU. más o menos como las plantas de
invernadero son parecidas a las que crecen en otro suelo y otro clima. El
invernadero argentino en el cual podían suponer los argentinos (y los demás
latinoamericanos) que estaba creciendo el prodigio de un coloso del sur, capaz
de rivalizar con los EE. UU., fue una democracia oligárquica controlada
estrechamente por minorías cultas en alianza con los grandes estancieros,
devenidos millonarios por el auge de la ganadería y por la
exportación..."
Evidentemente, por mejor que la riqueza simule el
desarrollo, este último es mucho más, como queda evidenciado en la disparidad
de las cifras del PB y del IDH, en el cuadro N° 5.
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