LA MODERNIDAD Y LOS CRIOLLOS
La simulación del desarrollo
La frustración de las expectativas
El acriollamiento del inmigrante
Los factores positivos
Las dudas sobre la decisión

"De-cidir y de-cisión derivan de la etimología latina cidere, equivalente a cortar, en clara referencia a que cada decisión humana significa separar, a veces cruentamente, la opción elegida de una gama de alternativas desechadas."
(Emilio Komar, Cursos de Antropología filosófica)

"El desarrollo mecánico exige un desarrollo por lo menos igual del espíritu, y si éste se desentiende o se duerme no podrá evitar ser abrumado por las mismas fuerzas que habrá puesto en juego. Resultará como sepultado en lo que se complace en llamar su victoria sobre la naturaleza."
(Edgar Quinet fide Lafaye, L-3)

"...Los versos ya no están de moda. Todo el mundo ha esperado a jugar a ser geómetra, físico. El sentimiento, la imaginación, la elegancia, han desaparecido. La literatura muere ante nuestros propios ojos."
(Voltaire, Carta a Lideville, en: Correspondence, Vol. IV, p. 48)


     La orientación de todos los movimientos sociales y culturales de la historia se ha regido por las ideas predominantes en la conciencia de los pueblos para permitirles superar las tendencias contrarias al cambio, que siempre existen. Todo cambio de mores y actitudes, toda modificación en la concepción del mundo que tiene cada comunidad, exige decisiones, o sea elección consciente o inconsciente, entre unas alternativas de conducta en desmedro de otras. Como lo vigente en las sociedades ha perdurado por ser considerado bueno en la memoria emocional, todos los cambios representan rupturas, que involucran un costo. No pueden por lo tanto, desecharse las angustias y los duelos que acompañan a los procesos civilizatorios. El proceso no ha sido nunca, ni es, ni será fácil. En muchos casos exitosos parece milagroso que hayan coincidido los infinitos factores necesarios y en un sentido propicio, para lograrlo.
     A lo largo de la historia, principalmente en momentos en que se acentúan los cambios, ha habido numerosos momentos de duda, en los que se cuestionó la racionalidad o la mera conveniencia de los cambios propuestos. Tanteos cautelosos y hasta retrocesos parciales o transitorios por exageraciones fundamentalistas o por simples errores fueron necesarios para continuar la marcha ascendente. El futuro frecuentemente es apenas vislumbrado por unas pocas mentes iluminadas o, lo que es común, la marcha viene inducida por factores extraños, sobre los que nadie puede sentirse responsable o presentarse como oráculo.
     Por ejemplo, han quedado registradas las dudas que provocaba en muchos pensadores europeos la transición hacia la courtoisie amanerada, hipócrita y hasta afeminada de los palacios del Despotismo Ilustrado, desde los estilos rudos y violentos, pero de honesta virilidad, del mundo de los cháteaux forts feudales (Elías, E-4, Cap. II, p. 97).
     Durante el período de vigencia de la Alta y Media modernidad (Touraine, T-15) el pensamiento mundial vivió subyugado por el optimismo que irradiaba del modelo institucional occidental, convertido en una clara vanguardia de un progreso que se suponía capaz de superar todos los obstáculos y contradicciones. Desde las contribuciones iniciales de Copernico, Galileo, Newton, Vico y tantos otros, el pensamiento occidental no se detuvo y un torrente de innovaciones modificó el mundo. Las sociedades donde bullía este proceso incrementaron en poco tiempo su riqueza y poderío. Su notoria superioridad progresando continuamente en ritmo de acumulación de capital social, en delantera científicotecnológica, y el rápido crecimiento de sus producciones, su talento para crear nuevas formas de convivencia democrática y su capacidad para imponerse como imperialismos mundiales reforzaban esa convicción. La noción del progreso sobre bases racionales se hacía incontrastable y marcaba claramente una senda única para el mejoramiento de la condición humana. Las ideas, las mercaderías y los cañones de Occidente eran argumentos elocuentes en todos los escenarios.
     Sobre esta concepción lineal de la civilización fue elaborada esta obra, centrada en el concepto de tecnotropismo y de las características culturales que hacen posible alcanzarlo a los pueblos criollos.
Sin embargo, desde comienzos del Siglo XX se manifiestan en el mundo numerosos reparos a las derivaciones que acompañan al proceso de modernización y al tipo de civilización hacia la cual el mundo se encamina. Muchos aspectos del mundo consumista y alienado, habitado por el hombre cosificado (Jünger) parecen a muchos un costo excesivo a pagar por la elevación de unos miles de dólares del ingreso promedio por habitante, o prolongar unos años la expectativa de vida al nacer.
     Infinidad de pensadores insisten en la crisis de la modernidad, la desocialización y la despolitización, en el Bajo Modernismo o la desmodernización del mundo actual (Touraine) o en la antimodernidad (Habermas), en la cultura en crisis (Subirats). Un ambiguo post modernismo, la era del vacío (Lipovetsky) o la crisis de identidad (Lévi-Strauss), son algunas de las denominaciones que se aplican a la época caracterizada por la aceleración de la historia.

"...Desde principios de siglo comenzaron a tener cada vez más peso las críticas a la cultura y a la civilización que surgieron con la modernidad y los cuestionamientos a la ideología del progreso y asus estrictos preceptos: (siempre más, siempre mejor, siempre más rápido)" (H. Kung)...
(fide Martínez Paz, Fernando, Política educacional: Fundamentos y dimensiones, Bs. As., Estudios, Academia Nacional de Educación, 1998, p. 12)

    Es fácil apreciar que la globalización productiva crece vertiginosamente accionada por una sinarquía impersonal y sin raíces, mientras aumentan las diferencias social-culturales entre los grupos según su inserción en los nuevos modelos productivos y se disuelven los sistemas políticos e institucionales tradicionales, garantizadores de un cierto orden social. La respuesta del hombre común, que no encuentra su lugar en un vértigo en el cual no consigue hacer pie, orienta la cultura de masas, que parecía inspirarse en la Diosa Razón, mentora indiscutida del Siglo de las Luces, hacia una fragmentación en un archipiélago de identidades (culturales, religiosas, étnicas, regionales) cada vez más reconcentradas en sí mismas, cada vez más incapaces de comunicarse entre sí, pero compartiendo la desconfianza por la globalización y por la cultura de Occidente. Podríamos estar así encaminados hacia un mundo multicultural de sectas, en el que sería difícil la vigencia de reglas universales, válidas para todos, como planteaba la visión optimista del modernismo. En estas comunidades cerradas tenderán a surgir gobiernos autoritarios autopropuestos como defensores de su propia identidad contra toda contaminación y eso será fuente de más conflictos (Touraine, T 15).
     Ya desde fines del Siglo XIX y en la primera mitad del XX, el modelo de desarrollo auspiciado por los países líderes del modernismo y principales imperios fue intensamente atacado por ideologías contestatarias. Los socialismos autoritarios de derecha y de izquierda, en sus interpretaciones del pensamiento de Hegel, se atrincheraron fundamentalmente en los países cuyo tecnotropismo o institucionalización se había producido algo más tardíamente (Alemania, Italia, Japón, España), que en los países líderes del modernismo, de la Revolución Industrial y creadores de las instituciones republicanas. Esto los colocaba como aspirantes a competir por los primeros puestos que ocupaban sus rivales. Desde esas posiciones ofrecían a todos mundos mejores, pero que invariablemente exigían una victoria previa sobre las repúblicas capitalistas liberales, precisamente en el terreno del tecnotropismo.
     Se proponían reemplazar a los imperios hasta entonces victoriosos para imponer su propia utopía fundada en un funcionamiento supuestamente más eficaz y eficiente de las instituciones que ellos habían creado y que crecían raudamente en poderosas economías de guerra.
     El colapso de estos espasmos ideológicos se produjo no sin antes sumir a la humanidad en lo que muchos consideran como su período más despiadado y lamentable. Pero el fin de ese período oscuro, saludado por los optimistas con fanfarrias triunfales, no pudo ocultar la multiplicación de nuevos conflictos que tornaron ilusorias las esperanzas de un mundo de paz, trabajo y bienestar, como nunca se hubiera visto en la historia. La muerte de las ideologías y el nuevo modelo rosado y sin guerras de Fukuyama, quedó como una expresión de deseos. Recrudecieron los conflictos. Resurgieron las visiones apocalípticas y los pronósticos fúnebres. Y no nos referimos exclusivamente a nihilismos científicos que se verían en muchos casos contradichos por la realidad a poco andar, como los de Spengler, Gide, Marcusse y otros fundamentalistas del pesimismo. Incluimos también a las advertencias formuladas por pensadores y escuelas a quienes no pueden achacárseles amargura hipocondríaca, ni manías persecutorias, como Juan Pablo II cuando subraya que los avances de la modernidad no satisfacen las necesidades del corazón, o las críticas de Weil al hiperconsumismo, o cuando Jünger sangra porque las aguas del lago Victoria, en el corazón del África, se van convirtiendo en un vaciadero de desperdicios, o cuando Antoine de Saint-Exupéry hacía decir al principito: es con el corazón como vemos correctamente; lo esencial es invisible a los ojos, algo muy afin al le coeur a des raisons que la raison ignore, de Pascal, y también a nuestra propia convicción de la extraordinaria importancia de actitudes, valores, creencias y residuos, en su mayor parte no-racionales, en la determinación del comportamiento. El fin del siglo XX destaca cada vez más la existencia de los componentes emocionales de la inteligencia y de su control por la razón, para crear limitantes conducentes que influyen poderosamente sobre el tecnotropismo, de manera muy compleja.
     No hay dudas de que la aceleración de la historia plantea desaflos tremendos en el hombre, imágenes sucediéndose y cambiando vertiginosamente, sensaciones angustiosas y hasta amenazas anticipadas o presentidas, derivadas de su propia esencia, que dejan sin explicación a muchos componentes de la espiritualidad humana.
     No es fácil predecir si la crisis que hoy vive el modernismo al ver discutidas, y en muchos casos en retroceso, sus premisas antes inatacables, será terminal, o si el ingenio humano encontrará soluciones y paliativos para las objeciones que hoy se le formulan.
     Tal vez lo más grave es que el hombre de todas las culturas y de todos los escenarios es prisionero de la carrera científico-tecnológica que su naturaleza fáustica impulsa. Pretender autolimitar la propia velocidad en dicha carrera, o sea privilegiar formas de tecnofobia, equivale a un suicidio histórico. Es como votar por la pérdida del bienestar, el poder y la libertad frente a quienes no incurran en la misma ingenuidad. Es un hecho incontrovertible, además, que la mayoría de las manifestaciones espirituales funcionan mejor en la abundancia y el ocio ansioso de la modernidad, que en las necesidades insatisfechas del Tercer Mundo. Ya ha dicho Hannah Arendt que la marcha del mundo se ha hecho impredecible e irreversible.
     La senda tecnotrópica es la única viable, con todas las inquietudes y desvelos que conlleva. Más aún, toda deserción o sabotaje al esfuerzo modernizador de un pueblo efectuado por el más humilde miembro del grupo, le hace un flaco favor. Puede compararse con un abandono del puesto de combate que debe ser ocupado por todos y cada uno de los miembros de una comunidad en su propio nivel de responsabilidad.
     Las características del mundo actual son difundidas por los modernos sistemas de comunicación mucho más allá del mundo desarrollado, interfiriendo de muchas maneras en los procesos civilizatorios más tardíos del mundo subdesarrollado. Esto agrega importancia a un diagnóstico claro de la situación social-cultural con el fin de que las manos que empuñan el timón no tiemblen en su determinación. Hay que persistir sin vacilaciones en la procura de una sociedad de alto tecnotropismo.
     Esto no significa desoír las advertencias y las críticas planteadas.
     El desafío se hace así doble. Por una parte, movilizar los mecanismos directos de educación, investigación e institucionalización para que la acumulación de capital social se instale y crezca con un ritmo similar o superior al de los demás conjuntos sociales. Esto permitirá participar entre los vencedores y no arrastrarse entre los perdedores del milenio que se inaugura.
     Para lograrlo hay que movilizar, culturizar y englobar a toda la comunidad en la aventura tecnotrópica a la vez que humanizarla. Los obstáculos y problemas que esto significa son sumamente complejos. Exigirán desplegar una conciencia del desarrollo que recién empieza a manifestarse en los países líderes del avance, y en los organismos internacionales, pero que son cada vez más importantes y urgentes. Esta área crítica representa un campo enorme para la inventiva humana, siempre recordando que las soluciones fáciles que signifiquen un freno para el tecnotropismo, los supuestos retrocesos para saltar mejor, pueden ser salvavidas de plomo y deben ser analizados críticamente.
     El ansia prometeica del hombre iniciado en alguna caverna en épocas remotas no ceja en su empeño de robar el fuego divino. Siglo a siglo ha perfeccionado sus armas y acumulado pequeñas victorias en su empresa, sólo para comprender que cada descubrimiento abre las puertas de nuevas incógnitas y crea nuevos problemas; la vertiginosa aceleración de la historia en las comunidades sometidas todas al cotidiano bombardeo alucinante de novedades, suscita reacciones diversas, que pueden clasificarse en tipos diferentes:

  1. Por un lado, los grupos humanos que interpretan el desafío superan o, por lo menos conviven con la angustia del nuevo mal del siglo y se lanzan audazmente a la carrera tecnotrópica, en la que logran ocupar los puestos de avanzada. Son los que se acercan al norte industrializado, en el punto A de la Figura n° 1. Podrán vivir muchas angustias, pero las viven como triunfadores cosechando sus dividendos.
  2. Por otro lado, están los que no pueden soportar el vértigo de la aceleración de la historia y rechazan las diversas manifestaciones de la era del vacío, frenando su propia evolución. Estas comunidades están condenadas a perder posiciones en la carrera del tecnotropismo, a cambio de conservar cierto sosiego espiritual en su misoneísmo de perdedores.
    El grupo 2) puede subdividirse en dos subgrupos frente a la ubicación en que caen dentro de la nómina mundial:
    2.1.) Los tecnófobos pasivos. Estos no discuten el bajo tecnotropismo de su cultura, se dejan caer en la apatía y no se esfuerzan por cambiar las cosas. Hemos descripto diversas manifestaciones neuróticas de este tipo surgidas en los temperamentos criollos.
    2.2.) Los tecnófobos rebeldes. Son los que pretenden desconocer el origen psico-social profundo de su caída en el Tercer Mundo y adoptan actitudes agresivas contra el Gran Satán, del mundo desarrollado. Éste puede ignorarlos o, eventualmente, si un accidente histórico simula en ellos el desarrollo, y les asigna fortuitamente una riqueza y poderío amenazadores para el sistema global, los destruye de un manotazo. Ejemplos clásicos han pasado a ser los fundamentalismos islámicos que se extienden en muchos lugares del mundo.

      La aceleración de la historia y sus consecuencias explican la multiplicación de las categorías b) en todas sus variedades e intensidades relativas. La eterna necesidad del hombre de acentuar lo propio multiplica las reacciones de etnocentrismo exacerbado y rechazo violento a lo ajeno y a la novedad. Los genocidios étnicos y culturales que se han multiplicado en las últimas décadas responden a esa necesidad de muchos pueblos que sienten amenazados sus valores preciados, lo que representa una agresión a su emocionalidad.
     Las comunidades latinoamericanas tomadas en la vorágine planetaria que mencionamos, reaccionan con alterocentrismos marcados, incrementan sus fugas hacia identidades ajenas que se han adecuado con mayor flexibilidad a la aceleración de la historia o se encierran enamoradas de su primitivismo. Son todas formas de personalidad negativa. Los pueblos así afectados se mantienen con caracteres de desarraigo y anomia que les impiden elevar su tecnotropismo más aceleradamente.
     La proliferación de países esquirla resultantes de las explosiones o implosiones de estados nacionales y coloniales, y los regionalismos multiplican unidades culturalmente más coherentes, aunque más pequeñas, pero también es cierto que las realidades tecnológicas, económicas, comerciales y militares presentes recomiendan la integración de bloques y mercados grandes y fuertes, bajo la forma de alianzas político-militares, uniones aduaneras y mercados comunes, alineamientos y commonwealths muy variados, además del arbitraje adjudicado a los organismos multinacionales.
     En el caso particular de Latinoamérica parece predecible que debería alinearse progresivamente más y más como un subtipo de la cultura occidental, a la que la acercan sus bases religiosas, la existencia de sólo dos grupos de idiomas dominantes, el inglés en el norte y el hispano-portugués en el sur, las relaciones comerciales que muy probablemente crecerán al compás del crecimiento y fusiones del Mercosur, NAFTA, Pacto Andino y otros arreglos comerciales y con la admisión del tutelaje militar de los Estados Unidos, reforzados por el flujo de capitales estadounidenses y europeos, y la simétrica hispanización de la cultura otrora rígidamente sajona de los Estados Unidos. El proceso será sin duda largo y complejo, pero se presenta como importante si se desea mantener un buen ritmo de desarrollo general y, por supuesto, pasa a ser absolutamente prioritario si el choque de civilizaciones pronosticado por algunos autores se profundiza a lo largo de las fronteras culturales en escala mundial (Huntington, H-47).