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La orientación de todos los movimientos sociales y
culturales de la historia se ha regido por las ideas predominantes en la
conciencia de los pueblos para permitirles superar las tendencias contrarias al
cambio, que siempre existen. Todo cambio de mores y actitudes, toda
modificación en la concepción del mundo que tiene cada comunidad, exige
decisiones, o sea elección consciente o inconsciente, entre unas alternativas
de conducta en desmedro de otras. Como lo vigente en las sociedades ha perdurado
por ser considerado bueno en la memoria emocional, todos los cambios representan
rupturas, que involucran un costo. No pueden por lo tanto, desecharse las
angustias y los duelos que acompañan a los procesos civilizatorios. El proceso
no ha sido nunca, ni es, ni será fácil. En muchos casos exitosos parece
milagroso que hayan coincidido los infinitos factores necesarios y en un sentido
propicio, para lograrlo.
A lo largo de la historia, principalmente en momentos
en que se acentúan los cambios, ha habido numerosos momentos de duda, en los
que se cuestionó la racionalidad o la mera conveniencia de los cambios
propuestos. Tanteos cautelosos y hasta retrocesos parciales o transitorios por
exageraciones fundamentalistas o por simples errores fueron necesarios para
continuar la marcha ascendente. El futuro frecuentemente es apenas vislumbrado
por unas pocas mentes iluminadas o, lo que es común, la marcha viene inducida
por factores extraños, sobre los que nadie puede sentirse responsable o
presentarse como oráculo.
Por ejemplo, han quedado registradas las dudas que
provocaba en muchos pensadores europeos la transición hacia la courtoisie
amanerada, hipócrita y hasta afeminada de los palacios del Despotismo
Ilustrado, desde los estilos rudos y violentos, pero de honesta virilidad, del
mundo de los cháteaux forts feudales (Elías, E-4, Cap. II, p. 97).
Durante el período de vigencia de la Alta y Media
modernidad (Touraine, T-15) el pensamiento mundial vivió subyugado por el
optimismo que irradiaba del modelo institucional occidental, convertido en una
clara vanguardia de un progreso que se suponía capaz de superar todos los
obstáculos y contradicciones. Desde las contribuciones iniciales de Copernico,
Galileo, Newton, Vico y tantos otros, el pensamiento occidental no se detuvo y
un torrente de innovaciones modificó el mundo. Las sociedades donde bullía
este proceso incrementaron en poco tiempo su riqueza y poderío. Su notoria
superioridad progresando continuamente en ritmo de acumulación de capital
social, en delantera científicotecnológica, y el rápido crecimiento de sus
producciones, su talento para crear nuevas formas de convivencia democrática y
su capacidad para imponerse como imperialismos mundiales reforzaban esa
convicción. La noción del progreso sobre bases racionales se hacía
incontrastable y marcaba claramente una senda única para el mejoramiento de la
condición humana. Las ideas, las mercaderías y los cañones de Occidente eran
argumentos elocuentes en todos los escenarios.
Sobre esta concepción lineal de la civilización fue
elaborada esta obra, centrada en el concepto de tecnotropismo y de las
características culturales que hacen posible alcanzarlo a los pueblos criollos.
Sin embargo, desde comienzos del Siglo XX se manifiestan en el mundo numerosos
reparos a las derivaciones que acompañan al proceso de modernización y al tipo
de civilización hacia la cual el mundo se encamina. Muchos aspectos del mundo
consumista y alienado, habitado por el hombre cosificado (Jünger) parecen a
muchos un costo excesivo a pagar por la elevación de unos miles de dólares del
ingreso promedio por habitante, o prolongar unos años la expectativa de vida al
nacer.
Infinidad de pensadores insisten en la crisis de la
modernidad, la desocialización y la despolitización, en el Bajo Modernismo o
la desmodernización del mundo actual (Touraine) o en la antimodernidad
(Habermas), en la cultura en crisis (Subirats). Un ambiguo post modernismo, la
era del vacío (Lipovetsky) o la crisis de identidad (Lévi-Strauss), son
algunas de las denominaciones que se aplican a la época caracterizada por la
aceleración de la historia.
"...Desde principios de siglo comenzaron a tener cada vez más peso
las críticas a la cultura y a la civilización que surgieron con la
modernidad y los cuestionamientos a la ideología del progreso y asus estrictos preceptos: (siempre más, siempre mejor, siempre más
rápido)" (H. Kung)...
(fide Martínez Paz, Fernando, Política educacional: Fundamentos y
dimensiones, Bs. As., Estudios, Academia Nacional de Educación, 1998, p. 12)
Es fácil apreciar que la globalización productiva crece
vertiginosamente accionada por una sinarquía impersonal y sin raíces, mientras
aumentan las diferencias social-culturales entre los grupos según su inserción
en los nuevos modelos productivos y se disuelven los sistemas políticos e
institucionales tradicionales, garantizadores de un cierto orden social. La
respuesta del hombre común, que no encuentra su lugar en un vértigo en el cual
no consigue hacer pie, orienta la cultura de masas, que parecía inspirarse en
la Diosa Razón, mentora indiscutida del Siglo de las Luces, hacia una
fragmentación en un archipiélago de identidades (culturales, religiosas,
étnicas, regionales) cada vez más reconcentradas en sí mismas, cada vez más
incapaces de comunicarse entre sí, pero compartiendo la desconfianza por la
globalización y por la cultura de Occidente. Podríamos estar así encaminados
hacia un mundo multicultural de sectas, en el que sería difícil la vigencia de
reglas universales, válidas para todos, como planteaba la visión optimista del
modernismo. En estas comunidades cerradas tenderán a surgir gobiernos
autoritarios autopropuestos como defensores de su propia identidad contra toda
contaminación y eso será fuente de más conflictos (Touraine, T 15).
Ya desde fines del Siglo XIX y en la primera mitad del
XX, el modelo de desarrollo auspiciado por los países líderes del modernismo y
principales imperios fue intensamente atacado por ideologías contestatarias.
Los socialismos autoritarios de derecha y de izquierda, en sus interpretaciones
del pensamiento de Hegel, se atrincheraron fundamentalmente en los países cuyo
tecnotropismo o institucionalización se había producido algo más tardíamente
(Alemania, Italia, Japón, España), que en los países líderes del modernismo,
de la Revolución Industrial y creadores de las instituciones republicanas. Esto
los colocaba como aspirantes a competir por los primeros puestos que ocupaban
sus rivales. Desde esas posiciones ofrecían a todos mundos mejores, pero que
invariablemente exigían una victoria previa sobre las repúblicas capitalistas
liberales, precisamente en el terreno del tecnotropismo.
Se proponían reemplazar a los imperios hasta entonces
victoriosos para imponer su propia utopía fundada en un funcionamiento
supuestamente más eficaz y eficiente de las instituciones que ellos habían
creado y que crecían raudamente en poderosas economías de guerra.
El colapso de estos espasmos ideológicos se produjo no
sin antes sumir a la humanidad en lo que muchos consideran como su período más
despiadado y lamentable. Pero el fin de ese período oscuro, saludado por los
optimistas con fanfarrias triunfales, no pudo ocultar la multiplicación de
nuevos conflictos que tornaron ilusorias las esperanzas de un mundo de paz,
trabajo y bienestar, como nunca se hubiera visto en la historia. La muerte de
las ideologías y el nuevo modelo rosado y sin guerras de Fukuyama, quedó como
una expresión de deseos. Recrudecieron los conflictos. Resurgieron las visiones
apocalípticas y los pronósticos fúnebres. Y no nos referimos exclusivamente a
nihilismos científicos que se verían en muchos casos contradichos por la
realidad a poco andar, como los de Spengler, Gide, Marcusse y otros
fundamentalistas del pesimismo. Incluimos también a las advertencias formuladas
por pensadores y escuelas a quienes no pueden achacárseles amargura
hipocondríaca, ni manías persecutorias, como Juan Pablo II cuando subraya que
los avances de la modernidad no satisfacen las necesidades del corazón, o las
críticas de Weil al hiperconsumismo, o cuando Jünger sangra porque las aguas
del lago Victoria, en el corazón del África, se van convirtiendo en un
vaciadero de desperdicios, o cuando Antoine de Saint-Exupéry hacía decir al
principito: es con el corazón como vemos correctamente; lo esencial es
invisible a los ojos, algo muy afin al le coeur a des raisons que la raison
ignore, de Pascal, y también a nuestra propia convicción de la extraordinaria
importancia de actitudes, valores, creencias y residuos, en su mayor parte no-racionales,
en la determinación del comportamiento. El fin del siglo XX destaca cada vez
más la existencia de los componentes emocionales de la inteligencia y de su
control por la razón, para crear limitantes conducentes que influyen
poderosamente sobre el tecnotropismo, de manera muy compleja.
No hay dudas de que la aceleración de la historia
plantea desaflos tremendos en el hombre, imágenes sucediéndose y cambiando
vertiginosamente, sensaciones angustiosas y hasta amenazas anticipadas o
presentidas, derivadas de su propia esencia, que dejan sin explicación a muchos
componentes de la espiritualidad humana.
No es fácil predecir si la crisis que hoy vive el
modernismo al ver discutidas, y en muchos casos en retroceso, sus premisas antes
inatacables, será terminal, o si el ingenio humano encontrará soluciones y
paliativos para las objeciones que hoy se le formulan.
Tal vez lo más grave es que el hombre de todas las
culturas y de todos los escenarios es prisionero de la carrera científico-tecnológica
que su naturaleza fáustica impulsa. Pretender autolimitar la propia velocidad
en dicha carrera, o sea privilegiar formas de tecnofobia, equivale a un suicidio
histórico. Es como votar por la pérdida del bienestar, el poder y la libertad
frente a quienes no incurran en la misma ingenuidad. Es un hecho
incontrovertible, además, que la mayoría de las manifestaciones espirituales
funcionan mejor en la abundancia y el ocio ansioso de la modernidad, que en las
necesidades insatisfechas del Tercer Mundo. Ya ha dicho Hannah Arendt que la
marcha del mundo se ha hecho impredecible e irreversible.
La senda tecnotrópica es la única viable, con todas
las inquietudes y desvelos que conlleva. Más aún, toda deserción o sabotaje
al esfuerzo modernizador de un pueblo efectuado por el más humilde miembro del
grupo, le hace un flaco favor. Puede compararse con un abandono del puesto de
combate que debe ser ocupado por todos y cada uno de los miembros de una
comunidad en su propio nivel de responsabilidad.
Las características del mundo actual son difundidas
por los modernos sistemas de comunicación mucho más allá del mundo
desarrollado, interfiriendo de muchas maneras en los procesos civilizatorios
más tardíos del mundo subdesarrollado. Esto agrega importancia a un
diagnóstico claro de la situación social-cultural con el fin de que las manos
que empuñan el timón no tiemblen en su determinación. Hay que persistir sin
vacilaciones en la procura de una sociedad de alto tecnotropismo.
Esto no significa desoír las advertencias y las
críticas planteadas.
El desafío se hace así doble. Por una parte,
movilizar los mecanismos directos de educación, investigación e
institucionalización para que la acumulación de capital social se instale y
crezca con un ritmo similar o superior al de los demás conjuntos sociales. Esto
permitirá participar entre los vencedores y no arrastrarse entre los perdedores
del milenio que se inaugura.
Para lograrlo hay que movilizar, culturizar y englobar
a toda la comunidad en la aventura tecnotrópica a la vez que humanizarla. Los
obstáculos y problemas que esto significa son sumamente complejos. Exigirán
desplegar una conciencia del desarrollo que recién empieza a manifestarse en
los países líderes del avance, y en los organismos internacionales, pero que
son cada vez más importantes y urgentes. Esta área crítica representa un
campo enorme para la inventiva humana, siempre recordando que las soluciones
fáciles que signifiquen un freno para el tecnotropismo, los supuestos
retrocesos para saltar mejor, pueden ser salvavidas de plomo y deben ser
analizados críticamente.
El ansia prometeica del hombre iniciado en alguna
caverna en épocas remotas no ceja en su empeño de robar el fuego divino. Siglo
a siglo ha perfeccionado sus armas y acumulado pequeñas victorias en su
empresa, sólo para comprender que cada descubrimiento abre las puertas de
nuevas incógnitas y crea nuevos problemas; la vertiginosa aceleración de la
historia en las comunidades sometidas todas al cotidiano bombardeo alucinante de
novedades, suscita reacciones diversas, que pueden clasificarse en tipos
diferentes:
- Por un lado, los grupos humanos que interpretan el desafío superan o, por
lo menos conviven con la angustia del nuevo mal del siglo y se lanzan
audazmente a la carrera tecnotrópica, en la que logran ocupar los puestos
de avanzada. Son los que se acercan al norte industrializado, en el punto A
de la Figura n° 1. Podrán vivir muchas angustias, pero las viven como
triunfadores cosechando sus dividendos.
- Por otro lado, están los que no pueden soportar el vértigo de la
aceleración de la historia y rechazan las diversas manifestaciones de la
era del vacío, frenando su propia evolución. Estas comunidades están
condenadas a perder posiciones en la carrera del tecnotropismo, a cambio de
conservar cierto sosiego espiritual en su misoneísmo de perdedores.
El grupo 2) puede subdividirse en dos subgrupos frente a la ubicación en
que caen dentro de la nómina mundial:
2.1.) Los tecnófobos pasivos. Estos no discuten el bajo tecnotropismo de su
cultura, se dejan caer en la apatía y no se esfuerzan por cambiar las
cosas. Hemos descripto diversas manifestaciones neuróticas de este tipo
surgidas en los temperamentos criollos.
2.2.) Los tecnófobos rebeldes. Son los que pretenden desconocer el origen
psico-social profundo de su caída en el Tercer Mundo y adoptan actitudes
agresivas contra el Gran Satán, del mundo desarrollado. Éste puede
ignorarlos o, eventualmente, si un accidente histórico simula en ellos el
desarrollo, y les asigna fortuitamente una riqueza y poderío amenazadores
para el sistema global, los destruye de un manotazo. Ejemplos clásicos han
pasado a ser los fundamentalismos islámicos que se extienden en muchos
lugares del mundo.
La aceleración de la historia y sus
consecuencias explican la multiplicación de las categorías b) en todas sus
variedades e intensidades relativas. La eterna necesidad del hombre de acentuar
lo propio multiplica las reacciones de etnocentrismo exacerbado y rechazo
violento a lo ajeno y a la novedad. Los genocidios étnicos y culturales que se
han multiplicado en las últimas décadas responden a esa necesidad de muchos
pueblos que sienten amenazados sus valores preciados, lo que representa una
agresión a su emocionalidad.
Las comunidades latinoamericanas tomadas en la
vorágine planetaria que mencionamos, reaccionan con alterocentrismos marcados,
incrementan sus fugas hacia identidades ajenas que se han adecuado con mayor
flexibilidad a la aceleración de la historia o se encierran enamoradas de su
primitivismo. Son todas formas de personalidad negativa. Los pueblos así
afectados se mantienen con caracteres de desarraigo y anomia que les impiden
elevar su tecnotropismo más aceleradamente.
La proliferación de países esquirla resultantes de
las explosiones o implosiones de estados nacionales y coloniales, y los
regionalismos multiplican unidades culturalmente más coherentes, aunque más
pequeñas, pero también es cierto que las realidades tecnológicas,
económicas, comerciales y militares presentes recomiendan la integración de
bloques y mercados grandes y fuertes, bajo la forma de alianzas político-militares,
uniones aduaneras y mercados comunes, alineamientos y commonwealths muy
variados, además del arbitraje adjudicado a los organismos multinacionales.
En el caso particular de Latinoamérica parece
predecible que debería alinearse progresivamente más y más como un subtipo de
la cultura occidental, a la que la acercan sus bases religiosas, la existencia
de sólo dos grupos de idiomas dominantes, el inglés en el norte y el hispano-portugués
en el sur, las relaciones comerciales que muy probablemente crecerán al compás
del crecimiento y fusiones del Mercosur, NAFTA, Pacto Andino y otros arreglos
comerciales y con la admisión del tutelaje militar de los Estados Unidos,
reforzados por el flujo de capitales estadounidenses y europeos, y la simétrica
hispanización de la cultura otrora rígidamente sajona de los Estados Unidos.
El proceso será sin duda largo y complejo, pero se presenta como importante si
se desea mantener un buen ritmo de desarrollo general y, por supuesto, pasa a
ser absolutamente prioritario si el choque de civilizaciones pronosticado por
algunos autores se profundiza a lo largo de las fronteras culturales en escala
mundial (Huntington, H-47).
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