LA MODERNIDAD Y LOS CRIOLLOS
La simulación del desarrollo
La frustración de las expectativas
El acriollamiento del inmigrante
Los factores positivos
Las dudas sobre la decisión

"...Las gentes frívolas piensan que el progreso humano consiste en un aumento cuantitativo de las cosas y de las ideas. No, no; el progreso verdadero es la creciente intensidad con que percibimos media docena de misterios cardinales que en la penumbra de la historia laten convulsos como perennes corazones."
(Ortega y Gasset, O-3, Vol. II, p. 52)


     Se han descripto las características trasmitidas a la población latinoamericana por el contacto y los choques entre occidentales, aborígenes y africanos en tiempos de la conquista y la colonización, citando además, la incorporación más reciente del aporte cosmopolita en porcentajes diversos según las regiones, destacando sus contribuciones y también las limitaciones tecnotrópicas que representó el que esta última continuara formada por una mayoría de hijos de culturas mediterráneas de relativamente menor bagaje de capital social. Además, se ha señalado el factor adicional de confusión aportado por las bonanzas comerciales, tanto las agroexportadoras fundadas en los períodos de food power, como las resultantes de exportaciones minerales, petroleras y otras, con sus consecuencias de simulación del desarrollo.
     Por último, la velocísima transformación mundial hacia el predominio del pensamiento científico-racional y sus formidables consecuencias en la universalización de la aldea global, las exigencias de los avances tecnológicos y sus requerimientos tecnotrópicos, la generalización del consumismo y las angustias derivadas del cambio perpetuo y cada vez más acelerado, la retirada de las certidumbres y otros componentes de la crisis postmoderna del modernismo, introducen presiones sociales, culturales y políticas poderosas que intentan modelar las idiosincrasias, llegando a distorsionar más gravemente a aquéllas que están menos preparadas para sobrellevar los cambios. La sumatoria de todos estos factores sobre los procesos de modernización introduce situaciones paradojales y contradictorias que requieren explicaciones sensatas.
     El suceder de varias generaciones en lo que va del siglo XX ha dado tiempo para que la masa cosmopolita ingresada a diversos lugares de la América Latina y sus descendientes vivieran prolongadamente la realidad del Nuevo Mundo y establecieran todo tipo de contactos con la población asentada de más antiguo. Con el transcurso de los años, se ha hecho frecuente la observación de que muchos de los hijos y nietos de europeos llegados y que siguen llegando a la América Latina parecen perder paulatinamente parte de los atributos de personalidad realizadora y de elevado tecnotropismo que los caracterizaban al desembarcar procedentes de países de más copiosa capitalización social.
No han faltado los pesimistas que vincularan algunas de estas manifestaciones con la suerte de maldición unida a la imagen de América que fuera tantas veces citada en el pasado, a modo de contrapartida por el entusiasmo suscitado por la esperanza de América y el sueño americano.
     No existen estudios suficientemente profundos y completos que permitan opinar concluyentemente al respecto, ni desglosar en las personalidades extraordinarias surgidas en América, las facetas que pudieran derivarse del intrincado juego de las viejas raíces dentro del nuevo ambiente.
     Nos limitaremos a exponer el tema, desde la base de los antecedentes antiguos, que se remontan a los orígenes mismos de la formación de las culturas criollas.
     Ya en 1594, los oficiales reales de la Asunción, en carta al Rey, dirían:

"La gente nacida en España se va acabando en esta tierra, y con ella entendemos se podría acabar aquel amor grande, natural y firme del servicio de nuestro Rey y señor, y aún por ventura se perderán en gran parte las buenas costumbres despaña y se encontrarán más en tropel las malas, si vuestra magestad con la providencia singular que nuestro Señor le ha dado no remedia ese daño que nos amenaza, que podría ser mayor de lo que se teme."

     Los testimonios se sucederían. Han quedado como antológicos los términos de la defensa del General Beresford al ser enjuiciado a su retorno a Londres, tras la derrota de la invasión inglesa a Buenos Aires. Hacía mención extrañado de la singular corrupción cundida entre sus veteranas tropas por el contacto con la población porteña. Una verdadera epidemia de deserciones(1), ayuntamientos con las mujeres locales, compraventas fraudulentas, y hasta comilonas y borracheras terminadas en reyertas, que los reglamentos militares británicos no alcanzaban a controlar.
     Todavía hoy se acumulan observaciones indicando que los inmigrantes recientes mantienen ventajas y asumen rápidamente una participación elevada entre el empresariado, desplazando, no sólo a la población patricia de larga data, sino también a los descendientes de inmigrantes asentados ya hace décadas.
     Otros, puntualizan que la calidad del trabajo artesanal, manufacturero, de la construcción y de otros rubros confiado a latinoamericanos descendientes de europeos, resulta notoriamente inferior al realizado por sus antepasados recién llegados. Es habitual también mencionar las fortunas levantadas con esfuerzo por los inmigrantes y dilapidadas desaprensivamente por sus herederos criollos.
     Es dable también interrogarse sobre las causas que han hecho moroso el surgimiento de actividades secundarias y terciarias capaces de medirse con ventaja contra los equivalentes de otros países, o competitivas en términos generales con las producidas por parientes de inmigrantes permanecidos en sus patrias de origen. En efecto, las commodities constituyen todavía a la entrada del siglo XXI el fuerte de todas las economías latinoamericanas, se producen en empresas relativamente simples y tienen acogida internacionalmente, pero con las producciones industriales y los servicios avanzados no ocurre lo mismo. Los programas de fomento logran resultados lentos y limitados, aún en los países más europeizados. En verdad cada éxito en la implantación en un país latinoamericano de una nueva actividad de alta organización y tecnología es acogida con admiración, cuando no con mal disimulada envidia. Lo que en nuestra América es un triunfo digno de encomio, en Suecia, el Japón o Italia sería una banalidad que nadie siquiera mencionaría.
     La identificación de los inmigrantes recientes en América con la población local, como en otros lugares del mundo, depende de las características culturales puestas en contacto, tanto la local receptora, como la recién llegada, con sus aportes diferenciales.
     En los hechos, la mayoría de los inmigrantes se acriolla rápidamente. Principalmente los españoles, italianos, árabes y portugueses, desde la primera generación resultan prácticamente indistinguibles de los americanos plurigeneracionales. Es probable que la afinidad cultural del Mediterráneo con la América Latina favorezca el proceso de asimilación.
     Los descendientes de sajones, judíos, armenios y eslavos suelen conservar por más tiempo valores y actitudes ancestrales, pero todo parece indicar que, en un plazo variable pero no muy dilatado, todos los descendientes de inmigrantes se integran a la cultura criolla conservando sólo vestigios culturales diferenciales limitados, procedentes de sus orígenes en el Viejo Mundo. Hoy, sólo se muestran reacios a la integración algunos bolsones de asiáticos. Estas aseveraciones se ven confirmadas por una nutrida casuística por demás conocida. Hay evidencia de que los europeos al poco tiempo participan de buena parte de los valores y comportamientos de bajo tecnotropismo que se pretendía modificar con su incorporación.

La devaluación del capital social

"Sólo el que vivió en medio de esa multitud (inmigrante) y llenó sus ojos con la variopinta de sus ropas y sus oídos con el ruido de la cascada de todos los idiomas cayendo al mismo tiempo sobre el español y el lunfardo, puede medir la magnitud del milagro de asimilación que se realizó en Buenos Aires, en el vértigo de unos pocos decenios."
(Ana E. Kunz, en: Agulla, A-15, p. 122)

     Para interpretar esta aparente depreciación del capital social impreso en las clases medias descendientes de la inmigración, unida o separada de la población más antigua, un grupo de pensadores recientes insisten en que el pasado indígena resurge mágicamente en el americano moderno, aun cuando sea somáticamente caucásico. Es la idea del espíritu de la tierra como fuerza mágica que arrastra hacia lo más antiguo. Piensan así Astrada, Scalabrini Ortiz, Mafud, Kush, en la Argentina; coincidiendo con los bolivianos Fernando Díaz de Medina y Fausto Reinaga; los peruanos José María Arguedas y Guillermo Carrero Hoke; el mexicano José Vasconcellos, y recientemente, Rigoberta Menchú en Guatemala, entre otros muchos. Algunas de estas concepciones se fundaron en los trabajos de antropólogos europeos que rompieron tardía o parcialmernte con el nazismo, como Frobenius y Jünger. Astrada cree que el paisaje, el medio ñsico y humano, tienen un espíritu autónomo capaz de sofocar el universalismo cosmopolita de la inmigración y hacerlo recaer en la identidad cultural morena. Muchos políticos a lo largo de la América Latina abrazaron similar concepto. Cárdenas y Echeverría en México, Torrijos, en Panamá, y diversos partidos y líderes en el Perú, Bolivia y Guatemala, lo hicieron, además de multiplicarse los congresos y las declaraciones de exaltación nativista, que conocieron un auge durante la celebración del Quinto Centenario.
     El proceso de acriollamiento puede atribuirse con mayor racionalidad que a improbables factores metafisicos o mágicos, al trivial efecto educativo producido sobre los vástagos de las culturas europeas en la convivencia diaria, por la experiencia de premios y castigos, por todas las actitudes y comportamientos sociales a que deben amoldarse los ingresados en el nuevo ambiente. El caucásico o el oriental inmigrantes y sus descendientes captan y procuran integrar las nuevas experiencias y aprendizajes de vida en América con el capital de sus propios residuos anteriores. Los valores, expectativas y motivaciones que guíen su conducta en adelante, no pueden sino ser híbridos e ir pareciéndose más y más al entorno local.
     Todo inmigrante sufre dificultades iniciales para integrarse a la vida y el pensamiento de su nuevo ambiente. Esa dificultad se agrava cuando ello significa aceptar formas de ser y actuar basados en valores y criterios limitantes que su paideuma de origen considera inferiores o falsos. La frustración es frecuente y llega en algunos casos a hacer recomendable la repatriación. En la mayoría de los casos de América, el éxito económico haría más tolerables las dificultades de la transición, pero cuando el éxito se mostraba ingrato surgía violento el maledetta l'hora que sono venuto a l'America, con amargos resentimientos y rencores transmitidos a los hijos nacidos en América, por el ya citado mecanismo de creación y fomento del superyó. Todos recordamos a algún europeísta, por ser inmigrante nostálgico él mismo o por imitación, reprochar a los americanos o autorreprocharse que todavía andamos con la plumita.
     El gran consuelo para absorber la relativa barbarie de América seguiría siendo por mucho tiempo el éxito económico y el prestigio que le va unido, pero, principalmente en su ausencia, el efecto condicionante del medio se manifestaría fuertemente.
     Tomemos como ejemplo hipotético a uno de los numerosos genoveses o friulianos desembarcados a los veinte años de edad en Buenos Aires. Ha concurrido en Italia a una escuela primaria, ha sido bautizado y confesado por un párroco familiar en un catecismo rígido, testimoniado diariamente dentro de una familia de moral católica ortodoxa. Su padre pagó caro para que le permitieran trabajar como aprendiz en uno de los mejores talleres ebanistas de su ciudad, bajo el prestigioso y severo mastro Giaccomo.
     La esperanza de América le ayudó a capear las privaciones y peripecias del largo viaje en tercera clase. Al llegar a destino disfrutará por un tiempo maravillando a patrones criollos y hasta a algunos compañeros de trabajo, con exquisiteces que sus manos saben elaborar. Los sueldos aquí son mejores que los de Italia y, además, pronto ve que puede saltarse todas las categorías de oficial porque, en América a nadie le importa una carrera estricta, ni hay que aprobar exámenes bajo la severa mirada de mastro Giaccomo. Está ahorrando para hacerse la casita y poder traerla a Maddalena, pero cuando en el taller hay ascensos, lo dejan atrás compañeros que, a él le consta, son mucho menos competentes. Pronto advierte la razón. Uno, es hermano de la joven secretaria del patrón. El otro, ya ha logrado ubicarse en el gremialismo. ¡Horror! Aquí el gremio no es una institución centenaria con reglas casi aristocráticas, con tribunal de honra, con mutual estrictamente administrada. No, es un simple órgano de presión, como dicen que ahora quieren hacer también en Italia... pero aquí los dirigentes se hacen pronto ricos. Cuando vio que un compañero se robó una cantidad del material que estaba trabajando y comentó que habría que denunciarlo, los compatriotas con quienes se reúne en el café lo disuadieron; es inútil. Consultó a algún criollo y todavía menos respuesta. Hasta alguno entre bromas y veras lo llamó gringo loco. El gringo no es loco y pronto aprende a amoldar sus valores a los del medio en que vive, del mismo modo que aprende bien o mal la lengua, o cómo modifica su vestuario y sus hábitos. Cuanto más rápida es la integración a la comunidad nacional, más rápido se esfuman también los caracteres de responsabilidad, solidaridad y capacidad humana y laboral traídos de Europa que lo habían hecho diferente al comienzo. De todos sus rasgos originarios sólo perduran algunos restos, que reaparecen en algunas celebraciones de las madre-patrias o en círculos de connacionales que se van diluyendo gradualmente, aunque reaparecerán transformados y replanteados.
     Se ha dibujado un ejemplo de uno de los muchos inmigrantes laboriosos y honestos. Un equivalente se produciría también en los inmigrantes que traían un bagaje de resentimientos profundos, los decididamente nihilistas y los que, simplemente, no pararían en escrúpulos para enriquecerse.

La confusión de la identidad nacional

"...Esta Argentina en la que se oponían y se entrecruzaban los elementos tradicionales y los elementos aluviales difería bastante de la Argentina criolla (...) el proceso de homogeneización (...) ni ha concluido, ni se adivina cuando ha de concluir, dados los largos plazos que requieren estos fenómenos de fusión social.'
(Korn, K-10)

     La rápida identificación de los inmigrantes como americanos, con similares méritos y defectos, desde el punto de vista de su aporte a la modernización general de las comunidades latinoamericanas permite una doble interpretación. Por una parte, la incorporación espiritual muy completa crea comunidades sin minorías segregadas y con bajo nivel de rivalidades interiores, lo que favorece una coexistencia con pocos roces y conflictos étnoculturales. En la América Latina son contados los ghettos raciales, al estilo de los que caracterizaron las radicaciones de hindúes y chinos en países africanos, en las costas del Mar índico, o del Asia Suroriental. (Sowell, S-25, Chapter 1) o los que hoy proliferan en las poblaciones árabes, hindúes o negras que ingresan en otros países del Primer Mundo.      Se cita con frecuencia, por ejemplo, que grupos etno-culturales que en otros lugares tienden a permanecer netamente aislados o ghettificados, como los judíos, los árabes y los armenios, en América pronto conviven estrechamente y disuelven sus fronteras frente a otras comunidades(2). Aparecen los judíos gauchos. Los turcos y los armenios se dedican a actividades notoriamente tradicionales. La capacidad absortiva de América en este sentido disfruta en general de buena opinión, como parte de una marcha que era tomada como un valor entendido nacional hacia un caldero étnico que permitiría fraguar una sola cultura común en cada patria, de elevado valor tecnotrópico y modernizante. Hasta avanzado el siglo XX se confiaba sin dudas en que toda la población de origen étnico diverso tendería a purificarse rápidamente por sí sola. La concepción del crisol de razas al poner en contacto a grupos disímiles se basaba en una experiencia secular que permitía imaginar una evolución del fenotipo y de la cultura hacia un nuevo tipo integral, fuertemente marcado por sus componentes más vigorosos, supuestamente los más modernos, que el optimismo de la época creía descubrir en la mezcla miscelánea del pueblo criollo.
     En lo político esa visión se traduciría en blanquear todo lo posible la mezcla de sangres en la población y fomentar el desarrollo de instituciones compatibles con la raíz occidental. Dicha utopía rigió largamente, tácitamente inscripta en el pensamiento de los grupos minoritarios occidentales instalados en el seno de otras comunidades étnicas, tendencia que se haría más difundida a medida que el colonialismo, y luego la globalización se extendieran. Pero cuando el proceso se hizo mundial, pronto resultó evidente que los innumerables contactos producidos entre grupos étnicos y culturales disímiles crearían una diversidad inmanejable de tipos híbridos. Se haría creciente el flujo caleidoscópico de identidades nuevas, mientras los estereotipos puros se enrarecerían hasta constituir la excepción. Esto creaba el desafio de transformar las instituciones creadas inicialmente con miras a una población uniforme, para ramificarse en forma que les permitiera cubrir las demandas de una población que es ahora fuertemente diversificada. Estos problemas, que son solamente algunos de los muchos que viene planteando con rapidez y magnitud creciente la aceleración de la historia, están presentes en todo el mundo y someten a dura prueba la capacidad de convivencia de los grupos humanos. Para la misma supercivilizada Europa, la inmensa capacidad adquirida por el hombre para desplazarse y comunicarse en la era moderna, ha hecho decir:

"La inundación del mundo occidental por innúmeros millares de habitantes, ha provocado una tensión económica, social y cultural que apenas hubiera podido soportar ninguna sociedad sin perder su estructura y degenerar en sociedad de masas. El incremento fue tan descomunal y repentino sin romperse la continuidad y disolverse la tradición social y cultural. Más de un ejemplo nos ha enseñado hoy, que una nación puede engendrar en su propio seno la invasión de los bárbaros."
(Ropke, La crisis social de nuestro tiempo, Madrid, Revista de Occidente, 1956, p.19)

     Esa utopía rigió largamente en el pensamiento de todos los grupos que iniciaban por primera vez la intensa mezcla de razas que posteriormente se generalizaría y aceleraría con la globalización creciente del mundo. Los contactos entre grupos étnicos diferentes y las hibridaciones consiguientes se multiplicarían introduciendo infinitas variables y creando un flujo abigarrado de alternativas nuevas sobre los modelos etnoculturales conocidos. Los estereotipos puros se enrarecen hasta casi desaparecer. El crisol de razas deja de vaticinar una amalgama coherente. Las instituciones pensadas para comunidades crecientemente uniformes deben ramificarse para incorporar tolerancias a las identidades diversas que se presentan a cada paso.
     Particularmente para el caso de la América Latina la fisionomía que adquieren los grupos y subgrupos sometidos al bombardeo sensorial y anímico de la modernidad, sumado a la catarata de identidades diversas aportadas por las oleadas cosmopolitas, dondequiera que éstas se produjeron, resultarían en una confusión étnica y cultural profunda, responsable en buena parte de la sensación de desarraigo reprochada frecuentemente a las mismas.
     Este fenómeno era particularmente notable, y viene produciéndose desde hace ya un siglo. La referida dilución de la identidad latinoamericana patricia es mayor en los pueblos que recibieron con mayor vigor el aporte cosmopolita, ya sea a través de una fuerte inmigración o por medio de las relaciones comerciales, el intercambio cultural y el turismo, factores que adquieren cada vez mayor influjo. Numerosos estudios analizan ya el tema (García Canclini, G-23; Imaz, I-4; Massuh, M-39 y M-41).
     Se ha hecho notar que el choque de culturas ha podido contribuir a florecimientos culturales importantes e inmediatos, como se vio suceder en la Grecia Clásica, que alcanzó su mayor elevación tras haber confrontado un choque poderoso contra las civilizaciones egipcia y, sobre todo, persa. Ello parece haberse debido a que la Hélade pudo instintivamente nuclearse alrededor de una cultura propia sumamente dinámica, realineada alrededor del estupendo pasado usable que le proporcionaba la mitología homérica (Popper, P-36, p. 160).
     Otro ejemplo histórico llamativo es el de la ciudad de Viena, centro de atracción de la intelectualidad de toda Europa y generador de un movimiento formidable en música sinfónica con autores que llegaron a Viena desde el extranjero, como Schubert, Haydn, Mozart, Beethoven, Brückner y Mahler, además de los movimientos científicos importantísimos que prosperaron en Viena, liderados por personalidades como Boltzmann, Mach, Popper-Linkeus, para llegar a la escuela freudiana y la teoría económica moderna. En estos casos parecen haber existido cimientos muy firmes en la cultura de base (alemana del sur en el caso de Viena), que le permitieron asimilar, y hasta convocar sin complejos, a los mejores cerebros de su época, incorporándolos a su propio genio.
     La situación no es la misma cuando el choque de culturas se produce ahogando a la cultura preexistente y cuando ninguno de sus componentes alcanza a asumir un liderazgo institucionalizante y tecnotrópico suficiente. En estas situaciones resulta una identidad confusa, como ha sido el caso en la realidad de la América Latina. Cuando la compleja realidad del choque de culturas se produce con estas características, la confusión se hace notable y surgen tipologías muy diversas, con sistemas de valores distintos, entran en crisis conceptos clásicos y el núcleo central de la cultura, que existía con caracteres propios, pierde vigencia. Todos los componentes diversos, por más grande que sea su valor individual, son incapaces de reafirmar raíces conjuntas para la comunidad. El desarraigo será la consecuencia más evidente y pasa a ser un problema acuciante obtener que, del magma informe de corrientes inconexas, pueda reconstruirse una identidad que deberá ser nueva, diferente de las anteriores confluyentes, pero que vuelva a tener unidad, solidaridad y respeto por un juego de valores consensuados.
     Mientras perdure el desarraigo y las dicotomías marcadas en la sociedad criolla; mientras algunos grupos tengan que exagerar su poder coercitivo para que prevalezca una vertiente sobre otras, seguirá alta la tasa de conflictos y resistencias. En esta situación seguirán multiplicándose el compadrón, el patotero, el tilingo, el chanta, el barra brava, el guarango y otros tipos característicos.
     En los Estados Unidos la inmigración cosmopolita, con ser numéricamente mayor que la que se dirigió a los puertos del sur, fue mucho menor en términos relativos. Si Buenos Aires y Montevideo fueron señaladas hacia 1910, como poblaciones. con la mitad de sus habitantes masculinos adultos extranjeros, Nueva York o Nueva Orléans nunca pasaron del quince por ciento. Allí la cultura patricia, de notorio predominio germánico y fuertemente puritana, no fue ahogada por la marea inmigratoria. Si algo tuvieron que aprender los que inmigraron hacia los Estados Unidos desde Europa fue a marcar el paso frente a una justicia severa y ante una opinión pública con limitantes informales y formales que condenaban expresamente muchas irregularidades personales, familiares, laborales o políticas. En los Estados Unidos hasta nuestro tiempo, las maffias y otros de los grupos delictivos han surgido predominantemente de inmigrantes inadaptados: sicilianos, irlandeses, polacos, judíos. Los grupos W A.S.P, con contadas excepciones, siguieron siendo rigurosamente observantes de la ley ellos mismos y han hecho esfuerzos notorios para imponerla hasta en los lugares más agrestes y apartados.
     Dichos grupos habían sido cruelmente exitosos en mantener sus instituciones aisladas de la contaminación cívica con la población india y negra. El paso siguiente sería incorporar también la inmigración europea dentro del mismo marco, sin permitir que sus aportes culturales propios la sacaran de sus quicios, ni confundieran sus valores, y continuar así sin tropiezos con la cultura tecnotrópica y el perfeccionamiento institucional transferidos desde la Europa del Noroeste.
     En la segunda mitad del siglo XX también el país más fuerte del mundo ha tenido que efectuar un esfuerzo heroico para admitir por vez primera, la participación igualitaria de su numerosa población de indios y negros antes silenciosos. Actualmente debe absorber adicionalmente un flujo creciente de nuevos inmigrantes latinos, orientales, hindúes, árabes y de todos los puntos cardinales, y debe hacerlo intentando preservar el carácter fuertemente tecnotrópico que le había ganado su posición de liderazgo mundial, cuando se mantenía como una comunidad que se gobernaba en pureza etno-cultural W.A.S..P Como se ve, el problema es general y todos debemos encontrar soluciones constructivas..
     Para los argentinos, del mismo modo que no es sensato cargar sobre las espaldas de las minorías modernizantes el reproche por las identidades negativas, ni por el desarraigo, tampoco se justifica atribuir a la influencia de la inmigración caucásica reciente los problemas de atraso en la civilización perceptibles en las poblaciones criollas. Estas dos teorías han sido postuladas por una corriente numerosa de cientistas sociales, pero sus argumentos se muestran frágiles a medida que se hace evidente la evolución general de la civilización, con una renovada categorización de las culturas según su aptitud tecnotrópica.
     La responsabilidad fundamental del atraso sigue siendo la rigidez de los tipos culturales vernáculos o de los incorporados después, con su carga de valores, actitudes y tendencias poco dúctiles para la incorporación de identidades e instituciones proclives a manejarse eficazmente en el mundo moderno.
     Si los pueblos criollos realmente se disponen a mejorar su ubicación en la escala mundial de las naciones, es a mejorar dicha realidad que deberán dirigir sus mayores esfuerzos.

El reencuentro en una identidad moderna

"El nuestro es un mundo flamante de repentineidad. El tiempo ha cesado, el espacio se ha esfumado. Ahora vivimos en un aldea global... un suceder simultáneo. Hemos vuelto al espacio acústico. Hemos comenzado a reestructurar el sentimiento primordial, las menciones tribales de las cuales nos divorciaron varios siglos de alfabetismo."
(Mc Luhan)

"Los que se criaron dentro de una lengua que aún sostenía su fuerza imperial, por eso mismo han vivido, limitados dentro de ese orbe o de esa cultura. Nosotros, en cambio hemos tenido que buscar la figura del universo juntando las especies diversas en todas las lenguas y en todos los países. Somos una raza de síntesis humana (...) cuando cada dado esté en su sitio tendremos la verdadera imagen de América."
(Alfonso Reyes,Última Tule)

     Los pueblos latinoamericanos siguen inmersos en el poderoso remolino del mestizaje etnocultural. Los países más blanqueados por una reciente inmigración cosmopolita, al enriquecer su cultura con aportes europeos tan dispares diluyeron la estamentalidad que traían del período patricio, enriqueciendo sus comportamientos pero, a la vez, entraron en una etapa de mayor confusión. Los inmigrantes en lugar de significar solamente el refuerzo de una cultura occidental que se tomaba ilusoriamente como única, enfrentada a las normas arcaicas, trajeron mayor dispersión al sistema de valores.

"Romero nos dice que el inmigrante, al abandonar su tierra también abandonaba su sistema de normas y principios; como ciudadano y como hombre ético, era un desarraigado, a quien este país (la Argentina) no podía ofrecer una categoría e ineludible estructura social y moral, debido a la escasa densidad de población y a la singular etapa de desarrollo en que se hallaba."
(Ana Kunz, en Agulla, A-15, p. 124)

     No puede exigirse al recién llegado que se identifique inmediata y plenamente con el sustráctum telúrico y humano de su nueva tierra. Eso tomará años y, tal vez, generaciones. El culto de las tradiciones nacionales quedará por bastante tiempo refugiado en los grupos patricios que después de cuatro siglos de respirar los aires de América, ya no sienten la nostalgia profunda de sus bisabuelos por el Viejo Mundo, que sabemos los atenaceó en sus primeros tiempos de América. Habrá individuos recién llegados que se identificarán también rápidamente con la cultura nacional, pero otros demorarán más.
     Esos factores de confusión y desarraigo fueron percibidos muy pronto por muchos intelectuales americanos quienes señalaron que la vieja cultura hispano-americana, aún sin paradigmas culturales bien marcados, trastabillaba bajo el envión de otras muy distintas.
     El desafío es grande para convertir ese pot pourri de nacionalidades, valores, gustos y costumbres en una nueva cultura con mayúscula.
     Todo indica que el porcentaje relativo de cada uno de los componentes de la cultura hoy confusa, pondrá su impronta en la resultante que surgirá con el paso del tiempo. La presencia de elevado porcentaje de pobladores descendientes de grupos realizadores y tecnotrópicos, tarde o temprano volverá a manifestarse en rasgos del mismo carácter. Fijar los plazos o postular simplemente vaticinios sin fecha apostando a la raza del futuro no resulta suficiente. Parece más conducente analizar los procesos sociales que pueden asegurar y acelerar estos procesos de recuperación de identidad dentro de un mundo en rápido avance. Todo parece indicar -ya se ha dicho- que la mayor gravitación cultural de los componentes ibéricos y cosmopolitas en el pasado y la influencia de los paradigmas europeos y norteamericanos en la actualidad, a través del intercambio comercial y la globalización de las comunicaciones impulsarán a las culturas latinoamericanas a una alineación progresiva con los núcleos culturales de Occidente, manteniendo algunos rasgos diferenciales que, es de esperar, no resulten tecnófobos.
     A ninguna de las corrientes étnicas participantes puede atribuirse todo lo bueno, ni todo lo malo, de la población criolla actual, aunque exhiba sus rasgos más o menos encubiertos por la hibridación y por la neocultura que ya empieza a adquirir valor propio.
     Lo aconsejable es seguir avanzando hacia actitudes tecnotrópicas, modelar personalidades realizadoras, acelerar la capitalización social, perfeccionar instituciones... y ello involucra desestimar actitudes anárquicas o incoherentes, desidias, rigideces y arcaísmos.
     La nueva identidad deberá alejarse de las disyuntivas ideológicas que se han revelado estériles, como la oposición entre nacionalismo y dependencia, entre anticlericalismo y religiosidad, entre modernismo y tradición, que son actualmente simplificaciones insostenibles. La privatización y profesionalización creciente de la cultura de élites, la mentalidad empresarial en la producción y comercialización, las especializaciones profesionales y la aparición de infinidad de nuevos sectores vitales terminan con las divisiones ya obsoletas de centro y periferia, de grupos dominantes y dominados, ante la apertura continua de nuevas opciones y alternativas.
     El anti-Gramsci representado por la invasión de los modelos de las economías de mercado, desde Walt Disney, la Coca Cola, los jeans Levis y las automotrices multinacionales, hasta las esbeltas bellezas de pasarela y de pantalla, las modas en plástica y arquitectura, el disfrute del creciente ocio, unidas a las angustias de la competencia ardua, la amenaza del desempleo y el desasosiego por no poder alcanzar los consumos que otros ostentan agresivamente, requerirán soluciones imaginativas y un rearme moral que aún parecen distantes.

Notas al pie

(1) Se sumaron unas 200 deserciones bajo el lema de "aire libre y carne gorda" (Marchesi, Carlos).

(2) Inclusive los barrios comerciales en que se concentraron inicialmente los judíos, se ven hoy compartidos por armenios, árabes, coreanos, bolivianos, peruanos y sus descendientes argentinos.