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Se han descripto las características trasmitidas a la
población latinoamericana por el contacto y los choques entre occidentales,
aborígenes y africanos en tiempos de la conquista y la colonización, citando
además, la incorporación más reciente del aporte cosmopolita en porcentajes
diversos según las regiones, destacando sus contribuciones y también las
limitaciones tecnotrópicas que representó el que esta última continuara
formada por una mayoría de hijos de culturas mediterráneas de relativamente
menor bagaje de capital social. Además, se ha señalado el factor adicional de
confusión aportado por las bonanzas comerciales, tanto las agroexportadoras
fundadas en los períodos de food power, como las resultantes de exportaciones
minerales, petroleras y otras, con sus consecuencias de simulación del
desarrollo.
Por último, la velocísima transformación mundial
hacia el predominio del pensamiento científico-racional y sus formidables
consecuencias en la universalización de la aldea global, las exigencias de los
avances tecnológicos y sus requerimientos tecnotrópicos, la generalización
del consumismo y las angustias derivadas del cambio perpetuo y cada vez más
acelerado, la retirada de las certidumbres y otros componentes de la crisis
postmoderna del modernismo, introducen presiones sociales, culturales y
políticas poderosas que intentan modelar las idiosincrasias, llegando a
distorsionar más gravemente a aquéllas que están menos preparadas para
sobrellevar los cambios. La sumatoria de todos estos factores sobre los procesos
de modernización introduce situaciones paradojales y contradictorias que
requieren explicaciones sensatas.
El suceder de varias generaciones en lo que va del
siglo XX ha dado tiempo para que la masa cosmopolita ingresada a diversos
lugares de la América Latina y sus descendientes vivieran prolongadamente la
realidad del Nuevo Mundo y establecieran todo tipo de contactos con la
población asentada de más antiguo. Con el transcurso de los años, se ha hecho
frecuente la observación de que muchos de los hijos y nietos de europeos
llegados y que siguen llegando a la América Latina parecen perder
paulatinamente parte de los atributos de personalidad realizadora y de elevado
tecnotropismo que los caracterizaban al desembarcar procedentes de países de
más copiosa capitalización social.
No han faltado los pesimistas que vincularan algunas de estas manifestaciones
con la suerte de maldición unida a la imagen de América que fuera tantas veces
citada en el pasado, a modo de contrapartida por el entusiasmo suscitado por la
esperanza de América y el sueño americano.
No existen estudios suficientemente profundos y
completos que permitan opinar concluyentemente al respecto, ni desglosar en las
personalidades extraordinarias surgidas en América, las facetas que pudieran
derivarse del intrincado juego de las viejas raíces dentro del nuevo ambiente.
Nos limitaremos a exponer el tema, desde la base de los
antecedentes antiguos, que se remontan a los orígenes mismos de la formación
de las culturas criollas.
Ya en 1594, los oficiales reales de la Asunción, en
carta al Rey, dirían:
"La gente nacida en España se va acabando en esta tierra, y con
ella entendemos se podría acabar aquel amor grande, natural y firme del
servicio de nuestro Rey y señor, y aún por ventura se perderán en gran
parte las buenas costumbres despaña y se encontrarán más en tropel las
malas, si vuestra magestad con la providencia singular que nuestro Señor le
ha dado no remedia ese daño que nos amenaza, que podría ser mayor de lo que
se teme."
Los testimonios se sucederían. Han quedado como
antológicos los términos de la defensa del General Beresford al ser enjuiciado
a su retorno a Londres, tras la derrota de la invasión inglesa a Buenos Aires.
Hacía mención extrañado de la singular corrupción cundida entre sus
veteranas tropas por el contacto con la población porteña. Una verdadera
epidemia de deserciones(1), ayuntamientos con las mujeres locales, compraventas
fraudulentas, y hasta comilonas y borracheras terminadas en reyertas, que los
reglamentos militares británicos no alcanzaban a controlar.
Todavía hoy se acumulan observaciones indicando que
los inmigrantes recientes mantienen ventajas y asumen rápidamente una
participación elevada entre el empresariado, desplazando, no sólo a la
población patricia de larga data, sino también a los descendientes de
inmigrantes asentados ya hace décadas.
Otros, puntualizan que la calidad del trabajo
artesanal, manufacturero, de la construcción y de otros rubros confiado a
latinoamericanos descendientes de europeos, resulta notoriamente inferior al
realizado por sus antepasados recién llegados. Es habitual también mencionar
las fortunas levantadas con esfuerzo por los inmigrantes y dilapidadas
desaprensivamente por sus herederos criollos.
Es dable también interrogarse sobre las causas que han
hecho moroso el surgimiento de actividades secundarias y terciarias capaces de
medirse con ventaja contra los equivalentes de otros países, o competitivas en
términos generales con las producidas por parientes de inmigrantes permanecidos
en sus patrias de origen. En efecto, las commodities constituyen todavía a la
entrada del siglo XXI el fuerte de todas las economías latinoamericanas, se
producen en empresas relativamente simples y tienen acogida internacionalmente,
pero con las producciones industriales y los servicios avanzados no ocurre lo
mismo. Los programas de fomento logran resultados lentos y limitados, aún en
los países más europeizados. En verdad cada éxito en la implantación en un
país latinoamericano de una nueva actividad de alta organización y tecnología
es acogida con admiración, cuando no con mal disimulada envidia. Lo que en
nuestra América es un triunfo digno de encomio, en Suecia, el Japón o Italia
sería una banalidad que nadie siquiera mencionaría.
La identificación de los inmigrantes recientes en
América con la población local, como en otros lugares del mundo, depende de
las características culturales puestas en contacto, tanto la local receptora,
como la recién llegada, con sus aportes diferenciales.
En los hechos, la mayoría de los inmigrantes se
acriolla rápidamente. Principalmente los españoles, italianos, árabes y
portugueses, desde la primera generación resultan prácticamente
indistinguibles de los americanos plurigeneracionales. Es probable que la
afinidad cultural del Mediterráneo con la América Latina favorezca el proceso
de asimilación.
Los descendientes de sajones, judíos, armenios y
eslavos suelen conservar por más tiempo valores y actitudes ancestrales, pero
todo parece indicar que, en un plazo variable pero no muy dilatado, todos los
descendientes de inmigrantes se integran a la cultura criolla conservando sólo
vestigios culturales diferenciales limitados, procedentes de sus orígenes en el
Viejo Mundo. Hoy, sólo se muestran reacios a la integración algunos bolsones
de asiáticos. Estas aseveraciones se ven confirmadas por una nutrida
casuística por demás conocida. Hay evidencia de que los europeos al poco
tiempo participan de buena parte de los valores y comportamientos de bajo
tecnotropismo que se pretendía modificar con su incorporación.
La devaluación del capital social
"Sólo el que vivió en medio de esa multitud
(inmigrante) y llenó sus ojos con la variopinta de sus ropas y sus oídos
con el ruido de la cascada de todos los idiomas cayendo al mismo tiempo
sobre el español y el lunfardo, puede medir la magnitud del milagro de
asimilación que se realizó en Buenos Aires, en el vértigo de unos pocos
decenios."
(Ana E. Kunz, en: Agulla, A-15, p. 122)
Para interpretar esta aparente depreciación del
capital social impreso en las clases medias descendientes de la inmigración,
unida o separada de la población más antigua, un grupo de pensadores recientes
insisten en que el pasado indígena resurge mágicamente en el americano
moderno, aun cuando sea somáticamente caucásico. Es la idea del espíritu de
la tierra como fuerza mágica que arrastra hacia lo más antiguo. Piensan así
Astrada, Scalabrini Ortiz, Mafud, Kush, en la Argentina; coincidiendo con los
bolivianos Fernando Díaz de Medina y Fausto Reinaga; los peruanos José María
Arguedas y Guillermo Carrero Hoke; el mexicano José Vasconcellos, y
recientemente, Rigoberta Menchú en Guatemala, entre otros muchos. Algunas de
estas concepciones se fundaron en los trabajos de antropólogos europeos que
rompieron tardía o parcialmernte con el nazismo, como Frobenius y Jünger.
Astrada cree que el paisaje, el medio ñsico y humano, tienen un espíritu
autónomo capaz de sofocar el universalismo cosmopolita de la inmigración y
hacerlo recaer en la identidad cultural morena. Muchos políticos a lo largo de
la América Latina abrazaron similar concepto. Cárdenas y Echeverría en
México, Torrijos, en Panamá, y diversos partidos y líderes en el Perú,
Bolivia y Guatemala, lo hicieron, además de multiplicarse los congresos y las
declaraciones de exaltación nativista, que conocieron un auge durante la
celebración del Quinto Centenario.
El proceso de acriollamiento puede atribuirse con mayor
racionalidad que a improbables factores metafisicos o mágicos, al trivial
efecto educativo producido sobre los vástagos de las culturas europeas en la
convivencia diaria, por la experiencia de premios y castigos, por todas las
actitudes y comportamientos sociales a que deben amoldarse los ingresados en el
nuevo ambiente. El caucásico o el oriental inmigrantes y sus descendientes
captan y procuran integrar las nuevas experiencias y aprendizajes de vida en
América con el capital de sus propios residuos anteriores. Los valores,
expectativas y motivaciones que guíen su conducta en adelante, no pueden sino
ser híbridos e ir pareciéndose más y más al entorno local.
Todo inmigrante sufre dificultades iniciales para
integrarse a la vida y el pensamiento de su nuevo ambiente. Esa dificultad se
agrava cuando ello significa aceptar formas de ser y actuar basados en valores y
criterios limitantes que su paideuma de origen considera inferiores o falsos. La
frustración es frecuente y llega en algunos casos a hacer recomendable la
repatriación. En la mayoría de los casos de América, el éxito económico
haría más tolerables las dificultades de la transición, pero cuando el éxito
se mostraba ingrato surgía violento el maledetta l'hora que sono venuto a l'America, con amargos resentimientos y rencores transmitidos a los hijos
nacidos en América, por el ya citado mecanismo de creación y fomento del
superyó. Todos recordamos a algún europeísta, por ser inmigrante nostálgico
él mismo o por imitación, reprochar a los americanos o autorreprocharse que
todavía andamos con la plumita.
El gran consuelo para absorber la relativa barbarie de
América seguiría siendo por mucho tiempo el éxito económico y el prestigio
que le va unido, pero, principalmente en su ausencia, el efecto condicionante
del medio se manifestaría fuertemente.
Tomemos como ejemplo hipotético a uno de los numerosos
genoveses o friulianos desembarcados a los veinte años de edad en Buenos Aires.
Ha concurrido en Italia a una escuela primaria, ha sido bautizado y confesado
por un párroco familiar en un catecismo rígido, testimoniado diariamente
dentro de una familia de moral católica ortodoxa. Su padre pagó caro para que
le permitieran trabajar como aprendiz en uno de los mejores talleres ebanistas
de su ciudad, bajo el prestigioso y severo mastro Giaccomo.
La esperanza de América le ayudó a capear las
privaciones y peripecias del largo viaje en tercera clase. Al llegar a destino
disfrutará por un tiempo maravillando a patrones criollos y hasta a algunos
compañeros de trabajo, con exquisiteces que sus manos saben elaborar. Los
sueldos aquí son mejores que los de Italia y, además, pronto ve que puede
saltarse todas las categorías de oficial porque, en América a nadie le importa
una carrera estricta, ni hay que aprobar exámenes bajo la severa mirada de
mastro Giaccomo. Está ahorrando para hacerse la casita y poder traerla a
Maddalena, pero cuando en el taller hay ascensos, lo dejan atrás compañeros
que, a él le consta, son mucho menos competentes. Pronto advierte la razón.
Uno, es hermano de la joven secretaria del patrón. El otro, ya ha logrado
ubicarse en el gremialismo. ¡Horror! Aquí el gremio no es una institución
centenaria con reglas casi aristocráticas, con tribunal de honra, con mutual
estrictamente administrada. No, es un simple órgano de presión, como dicen que
ahora quieren hacer también en Italia... pero aquí los dirigentes se hacen
pronto ricos. Cuando vio que un compañero se robó una cantidad del material
que estaba trabajando y comentó que habría que denunciarlo, los compatriotas
con quienes se reúne en el café lo disuadieron; es inútil. Consultó a algún
criollo y todavía menos respuesta. Hasta alguno entre bromas y veras lo llamó
gringo loco. El gringo no es loco y pronto aprende a amoldar sus valores a los
del medio en que vive, del mismo modo que aprende bien o mal la lengua, o cómo
modifica su vestuario y sus hábitos. Cuanto más rápida es la integración a
la comunidad nacional, más rápido se esfuman también los caracteres de
responsabilidad, solidaridad y capacidad humana y laboral traídos de Europa que
lo habían hecho diferente al comienzo. De todos sus rasgos originarios sólo
perduran algunos restos, que reaparecen en algunas celebraciones de las madre-patrias o en círculos de connacionales que se van diluyendo gradualmente,
aunque reaparecerán transformados y replanteados.
Se ha dibujado un ejemplo de uno de los muchos
inmigrantes laboriosos y honestos. Un equivalente se produciría también en los
inmigrantes que traían un bagaje de resentimientos profundos, los decididamente
nihilistas y los que, simplemente, no pararían en escrúpulos para
enriquecerse.
La confusión de la identidad nacional
"...Esta Argentina en la que se oponían y se entrecruzaban los
elementos tradicionales y los elementos aluviales difería bastante de la
Argentina criolla (...) el proceso de homogeneización (...) ni ha concluido, ni
se adivina cuando ha de concluir, dados los largos plazos que requieren estos
fenómenos de fusión social.'
(Korn, K-10)
La rápida identificación de los inmigrantes como americanos, con similares
méritos y defectos, desde el punto de vista de su aporte a la modernización
general de las comunidades latinoamericanas permite una doble interpretación.
Por una parte, la incorporación espiritual muy completa crea comunidades sin
minorías segregadas y con bajo nivel de rivalidades interiores, lo que favorece
una coexistencia con pocos roces y conflictos étnoculturales. En la América
Latina son contados los ghettos raciales, al estilo de los que caracterizaron
las radicaciones de hindúes y chinos en países africanos, en las costas del
Mar índico, o del Asia Suroriental. (Sowell, S-25, Chapter 1) o los que hoy
proliferan en las poblaciones árabes, hindúes o negras que ingresan en otros
países del Primer Mundo. Se cita con frecuencia, por ejemplo, que grupos
etno-culturales que en otros lugares tienden a permanecer netamente aislados o
ghettificados, como los judíos, los árabes y los armenios, en América pronto
conviven estrechamente y disuelven sus fronteras frente a otras comunidades(2).
Aparecen los judíos gauchos. Los turcos y los armenios se dedican a actividades
notoriamente tradicionales. La capacidad absortiva de América en este sentido
disfruta en general de buena opinión, como parte de una marcha que era tomada
como un valor entendido nacional hacia un caldero étnico que permitiría
fraguar una sola cultura común en cada patria, de elevado valor tecnotrópico y
modernizante. Hasta avanzado el siglo XX se confiaba sin dudas en que toda la
población de origen étnico diverso tendería a purificarse rápidamente por
sí sola. La concepción del crisol de razas al poner en contacto a grupos
disímiles se basaba en una experiencia secular que permitía imaginar una
evolución del fenotipo y de la cultura hacia un nuevo tipo integral,
fuertemente marcado por sus componentes más vigorosos, supuestamente los más
modernos, que el optimismo de la época creía descubrir en la mezcla
miscelánea del pueblo criollo.
En lo político esa visión se traduciría en blanquear todo lo posible la
mezcla de sangres en la población y fomentar el desarrollo de instituciones
compatibles con la raíz occidental. Dicha utopía rigió largamente,
tácitamente inscripta en el pensamiento de los grupos minoritarios occidentales
instalados en el seno de otras comunidades étnicas, tendencia que se haría
más difundida a medida que el colonialismo, y luego la globalización se
extendieran. Pero cuando el proceso se hizo mundial, pronto resultó evidente
que los innumerables contactos producidos entre grupos étnicos y culturales
disímiles crearían una diversidad inmanejable de tipos híbridos. Se haría
creciente el flujo caleidoscópico de identidades nuevas, mientras los
estereotipos puros se enrarecerían hasta constituir la excepción. Esto creaba
el desafio de transformar las instituciones creadas inicialmente con miras a una
población uniforme, para ramificarse en forma que les permitiera cubrir las
demandas de una población que es ahora fuertemente diversificada. Estos
problemas, que son solamente algunos de los muchos que viene planteando con
rapidez y magnitud creciente la aceleración de la historia, están presentes en
todo el mundo y someten a dura prueba la capacidad de convivencia de los grupos
humanos. Para la misma supercivilizada Europa, la inmensa capacidad adquirida
por el hombre para desplazarse y comunicarse en la era moderna, ha hecho decir:
"La inundación del mundo occidental por innúmeros millares de
habitantes, ha provocado una tensión económica, social y cultural que apenas
hubiera podido soportar ninguna sociedad sin perder su estructura y degenerar en
sociedad de masas. El incremento fue tan descomunal y repentino sin romperse
la continuidad y disolverse la tradición social y cultural. Más de un ejemplo
nos ha enseñado hoy, que una nación puede engendrar en su propio seno la
invasión de los bárbaros."
(Ropke, La crisis social de nuestro tiempo, Madrid, Revista de Occidente, 1956,
p.19)
Esa utopía rigió largamente en el pensamiento de todos los grupos que
iniciaban por primera vez la intensa mezcla de razas que posteriormente se
generalizaría y aceleraría con la globalización creciente del mundo. Los
contactos entre grupos étnicos diferentes y las hibridaciones consiguientes se
multiplicarían introduciendo infinitas variables y creando un flujo abigarrado
de alternativas nuevas sobre los modelos etnoculturales conocidos. Los
estereotipos puros se enrarecen hasta casi desaparecer. El crisol de razas deja
de vaticinar una amalgama coherente. Las instituciones pensadas para comunidades
crecientemente uniformes deben ramificarse para incorporar tolerancias a las
identidades diversas que se presentan a cada paso.
Particularmente para el caso de la América Latina la fisionomía que adquieren
los grupos y subgrupos sometidos al bombardeo sensorial y anímico de la
modernidad, sumado a la catarata de identidades diversas aportadas por las
oleadas cosmopolitas, dondequiera que éstas se produjeron, resultarían en una
confusión étnica y cultural profunda, responsable en buena parte de la
sensación de desarraigo reprochada frecuentemente a las mismas.
Este fenómeno era particularmente notable, y viene produciéndose desde hace ya
un siglo. La referida dilución de la identidad latinoamericana patricia es
mayor en los pueblos que recibieron con mayor vigor el aporte cosmopolita, ya
sea a través de una fuerte inmigración o por medio de las relaciones
comerciales, el intercambio cultural y el turismo, factores que adquieren cada
vez mayor influjo. Numerosos estudios analizan ya el tema (García Canclini, G-23; Imaz,
I-4; Massuh, M-39 y M-41).
Se ha hecho notar que el choque de culturas ha podido contribuir a
florecimientos culturales importantes e inmediatos, como se vio suceder en la
Grecia Clásica, que alcanzó su mayor elevación tras haber confrontado un
choque poderoso contra las civilizaciones egipcia y, sobre todo, persa. Ello
parece haberse debido a que la Hélade pudo instintivamente nuclearse alrededor
de una cultura propia sumamente dinámica, realineada alrededor del estupendo
pasado usable que le proporcionaba la mitología homérica (Popper, P-36, p.
160).
Otro ejemplo histórico llamativo es el de la ciudad de Viena, centro de
atracción de la intelectualidad de toda Europa y generador de un movimiento
formidable en música sinfónica con autores que llegaron a Viena desde el
extranjero, como Schubert, Haydn, Mozart, Beethoven, Brückner y Mahler, además
de los movimientos científicos importantísimos que prosperaron en Viena,
liderados por personalidades como Boltzmann, Mach, Popper-Linkeus, para llegar a
la escuela freudiana y la teoría económica moderna. En estos casos parecen
haber existido cimientos muy firmes en la cultura de base (alemana del sur en el
caso de Viena), que le permitieron asimilar, y hasta convocar sin complejos, a
los mejores cerebros de su época, incorporándolos a su propio genio.
La situación no es la misma cuando el choque de culturas se produce ahogando a
la cultura preexistente y cuando ninguno de sus componentes alcanza a asumir un
liderazgo institucionalizante y tecnotrópico suficiente. En estas situaciones
resulta una identidad confusa, como ha sido el caso en la realidad de la
América Latina. Cuando la compleja realidad del choque de culturas se produce
con estas características, la confusión se hace notable y surgen tipologías
muy diversas, con sistemas de valores distintos, entran en crisis conceptos
clásicos y el núcleo central de la cultura, que existía con caracteres
propios, pierde vigencia. Todos los componentes diversos, por más grande que
sea su valor individual, son incapaces de reafirmar raíces conjuntas para la
comunidad. El desarraigo será la consecuencia más evidente y pasa a ser un
problema acuciante obtener que, del magma informe de corrientes inconexas, pueda
reconstruirse una identidad que deberá ser nueva, diferente de las anteriores
confluyentes, pero que vuelva a tener unidad, solidaridad y respeto por un juego
de valores consensuados.
Mientras perdure el desarraigo y las dicotomías marcadas en la sociedad
criolla; mientras algunos grupos tengan que exagerar su poder coercitivo para
que prevalezca una vertiente sobre otras, seguirá alta la tasa de conflictos y
resistencias. En esta situación seguirán multiplicándose el compadrón, el
patotero, el tilingo, el chanta, el barra brava, el guarango y otros tipos
característicos.
En los Estados Unidos la inmigración cosmopolita, con ser numéricamente mayor
que la que se dirigió a los puertos del sur, fue mucho menor en términos
relativos. Si Buenos Aires y Montevideo fueron señaladas hacia 1910, como
poblaciones. con la mitad de sus habitantes masculinos adultos extranjeros,
Nueva York o Nueva Orléans nunca pasaron del quince por ciento. Allí la
cultura patricia, de notorio predominio germánico y fuertemente puritana, no
fue ahogada por la marea inmigratoria. Si algo tuvieron que aprender los que
inmigraron hacia los Estados Unidos desde Europa fue a marcar el paso frente a
una justicia severa y ante una opinión pública con limitantes informales y
formales que condenaban expresamente muchas irregularidades personales,
familiares, laborales o políticas. En los Estados Unidos hasta nuestro tiempo,
las maffias y otros de los grupos delictivos han surgido predominantemente de
inmigrantes inadaptados: sicilianos, irlandeses, polacos, judíos. Los grupos W
A.S.P, con contadas excepciones, siguieron siendo rigurosamente observantes de
la ley ellos mismos y han hecho esfuerzos notorios para imponerla hasta en los
lugares más agrestes y apartados.
Dichos grupos habían sido cruelmente exitosos en mantener sus instituciones
aisladas de la contaminación cívica con la población india y negra. El paso
siguiente sería incorporar también la inmigración europea dentro del mismo
marco, sin permitir que sus aportes culturales propios la sacaran de sus
quicios, ni confundieran sus valores, y continuar así sin tropiezos con la
cultura tecnotrópica y el perfeccionamiento institucional transferidos desde la
Europa del Noroeste.
En la segunda mitad del siglo XX también el país más fuerte del mundo ha
tenido que efectuar un esfuerzo heroico para admitir por vez primera, la
participación igualitaria de su numerosa población de indios y negros antes
silenciosos. Actualmente debe absorber adicionalmente un flujo creciente de
nuevos inmigrantes latinos, orientales, hindúes, árabes y de todos los puntos
cardinales, y debe hacerlo intentando preservar el carácter fuertemente
tecnotrópico que le había ganado su posición de liderazgo mundial, cuando se
mantenía como una comunidad que se gobernaba en pureza etno-cultural W.A.S..P
Como se ve, el problema es general y todos debemos encontrar soluciones
constructivas..
Para los argentinos, del mismo modo que no es sensato cargar sobre las espaldas
de las minorías modernizantes el reproche por las identidades negativas, ni por
el desarraigo, tampoco se justifica atribuir a la influencia de la inmigración
caucásica reciente los problemas de atraso en la civilización perceptibles en
las poblaciones criollas. Estas dos teorías han sido postuladas por una
corriente numerosa de cientistas sociales, pero sus argumentos se muestran
frágiles a medida que se hace evidente la evolución general de la
civilización, con una renovada categorización de las culturas según su
aptitud tecnotrópica.
La responsabilidad fundamental del atraso sigue siendo la rigidez de los tipos
culturales vernáculos o de los incorporados después, con su carga de valores,
actitudes y tendencias poco dúctiles para la incorporación de identidades e
instituciones proclives a manejarse eficazmente en el mundo moderno.
Si los pueblos criollos realmente se disponen a mejorar su ubicación en la
escala mundial de las naciones, es a mejorar dicha realidad que deberán dirigir
sus mayores esfuerzos.
El reencuentro en una identidad moderna
"El nuestro es un mundo flamante de repentineidad. El tiempo ha cesado,
el espacio se ha esfumado. Ahora vivimos en un aldea global... un suceder
simultáneo. Hemos vuelto al espacio acústico. Hemos comenzado a reestructurar
el sentimiento primordial, las menciones tribales de las cuales nos divorciaron
varios siglos de alfabetismo."
(Mc Luhan)
"Los que se criaron dentro de una lengua que aún sostenía su fuerza
imperial, por eso mismo han vivido, limitados dentro de ese orbe o de esa
cultura. Nosotros, en cambio hemos tenido que buscar la figura del universo
juntando las especies diversas en todas las lenguas y en todos los países.
Somos una raza de síntesis humana (...) cuando cada dado esté en su sitio
tendremos la verdadera imagen de América."
(Alfonso Reyes,Última Tule)
Los pueblos latinoamericanos siguen inmersos en el poderoso remolino del
mestizaje etnocultural. Los países más blanqueados por una reciente
inmigración cosmopolita, al enriquecer su cultura con aportes europeos tan
dispares diluyeron la estamentalidad que traían del período patricio,
enriqueciendo sus comportamientos pero, a la vez, entraron en una etapa de mayor
confusión. Los inmigrantes en lugar de significar solamente el refuerzo de una
cultura occidental que se tomaba ilusoriamente como única, enfrentada a las
normas arcaicas, trajeron mayor dispersión al sistema de valores.
"Romero nos dice que el inmigrante, al abandonar su tierra
también abandonaba su sistema de normas y principios; como ciudadano y como
hombre ético, era un desarraigado, a quien este país (la Argentina) no podía
ofrecer una categoría e ineludible estructura social y moral, debido a la
escasa densidad de población y a la singular etapa de desarrollo en que se
hallaba."
(Ana Kunz, en Agulla, A-15, p. 124)
No puede exigirse al recién llegado que se identifique inmediata y
plenamente con el sustráctum telúrico y humano de su nueva tierra. Eso tomará
años y, tal vez, generaciones. El culto de las tradiciones nacionales quedará
por bastante tiempo refugiado en los grupos patricios que después de cuatro
siglos de respirar los aires de América, ya no sienten la nostalgia profunda de
sus bisabuelos por el Viejo Mundo, que sabemos los atenaceó en sus primeros
tiempos de América. Habrá individuos recién llegados que se identificarán
también rápidamente con la cultura nacional, pero otros demorarán más.
Esos factores de confusión y desarraigo fueron percibidos muy pronto por muchos
intelectuales americanos quienes señalaron que la vieja cultura hispano-americana, aún sin paradigmas culturales bien marcados, trastabillaba
bajo el envión de otras muy distintas.
El desafío es grande para convertir ese pot pourri de nacionalidades, valores,
gustos y costumbres en una nueva cultura con mayúscula.
Todo indica que el porcentaje relativo de cada uno de los componentes de la
cultura hoy confusa, pondrá su impronta en la resultante que surgirá con el
paso del tiempo. La presencia de elevado porcentaje de pobladores descendientes
de grupos realizadores y tecnotrópicos, tarde o temprano volverá a
manifestarse en rasgos del mismo carácter. Fijar los plazos o postular
simplemente vaticinios sin fecha apostando a la raza del futuro no resulta
suficiente. Parece más conducente analizar los procesos sociales que pueden
asegurar y acelerar estos procesos de recuperación de identidad dentro de un
mundo en rápido avance. Todo parece indicar -ya se ha dicho- que la mayor
gravitación cultural de los componentes ibéricos y cosmopolitas en el pasado y
la influencia de los paradigmas europeos y norteamericanos en la actualidad, a
través del intercambio comercial y la globalización de las comunicaciones
impulsarán a las culturas latinoamericanas a una alineación progresiva con los
núcleos culturales de Occidente, manteniendo algunos rasgos diferenciales que,
es de esperar, no resulten tecnófobos.
A ninguna de las corrientes étnicas participantes puede atribuirse todo lo
bueno, ni todo lo malo, de la población criolla actual, aunque exhiba sus
rasgos más o menos encubiertos por la hibridación y por la neocultura que ya
empieza a adquirir valor propio.
Lo aconsejable es seguir avanzando hacia actitudes tecnotrópicas, modelar
personalidades realizadoras, acelerar la capitalización social, perfeccionar
instituciones... y ello involucra desestimar actitudes anárquicas o
incoherentes, desidias, rigideces y arcaísmos.
La nueva identidad deberá alejarse de las disyuntivas ideológicas que se han
revelado estériles, como la oposición entre nacionalismo y dependencia, entre
anticlericalismo y religiosidad, entre modernismo y tradición, que son
actualmente simplificaciones insostenibles. La privatización y
profesionalización creciente de la cultura de élites, la mentalidad
empresarial en la producción y comercialización, las especializaciones
profesionales y la aparición de infinidad de nuevos sectores vitales terminan
con las divisiones ya obsoletas de centro y periferia, de grupos dominantes y
dominados, ante la apertura continua de nuevas opciones y alternativas.
El anti-Gramsci representado por la invasión de los modelos de las economías
de mercado, desde Walt Disney, la Coca Cola, los jeans Levis y las automotrices
multinacionales, hasta las esbeltas bellezas de pasarela y de pantalla, las
modas en plástica y arquitectura, el disfrute del creciente ocio, unidas a las
angustias de la competencia ardua, la amenaza del desempleo y el desasosiego por
no poder alcanzar los consumos que otros ostentan agresivamente, requerirán
soluciones imaginativas y un rearme moral que aún parecen distantes.
Notas al pie
(1) Se sumaron unas 200
deserciones bajo el lema de "aire libre y carne gorda" (Marchesi,
Carlos).
(2) Inclusive los barrios
comerciales en que se concentraron inicialmente los judíos, se ven hoy
compartidos por armenios, árabes, coreanos, bolivianos, peruanos y sus
descendientes argentinos.
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