|
La interrupción o desaparición de los factores
fortuitos que simularon el desarrollo y los vacíos que ello deja en la
economía de los grupos humanos resultan traumáticos. Dirigentes y dirigidos se
cuestionan desconcertados el por qué de la disminución de su riqueza, de su
poderío y de su prestigio internacional. Con frecuencia los cambios son
proteicos y difíciles de explicar. Ha sido señalado (Sebreli, S-33) el
despecho secular que embarga a árabes, chinos, persas, hindúes y otros pueblos
de pretérita grandeza, al verse superados y dominados por los occidentales,
relativamente parvenus en la civilización. Los franceses atesoran en su pasado
usable el recuerdo de las águilas napoleónicas planeando sobre Europa y los
anglos el fenecido Britannia rules the waves. El conocido fenómeno de las
ciudades fantasma (ghost towns), que quedaron abandonadas al agotarse el filón
minero que las hizo resplandecer fugazmente, puede aplicarse a países enteros.
Una banal guerra comercial o la aparición de competidores que derrumban los
precios en los mercados internacionales pueden dejar desfinanciadas a las
nutridas burocracias, impedir saldar las obligaciones optimistamente contraídas,
paralizar las ventas, aumentar el desempleo y el déficit fiscal. Arturo Uslar
Pietri viene denunciando sistemáticamente la imprevisión y el despilfarro en
la era de la abundancia en Venezuela, aun cuando las reservas petroleras sigan
garantizando un ingreso suculento por muchos años. Un caso aúri más extremo
de imprevisión y derrumbe es el registrado en Nigeria, el eclipsarse el auge
del petróleo.
En el caso de los países agroexportadores es evidente
que las oscilaciones marcadas hacia arriba y hacia abajo del food power(1)
en los mercados internacionales, primero por las interrupciones del comercio y
los fletes durante las guerras y depresiones mundiales y después, por el auge
de la y la protección
en los países ricos, han sido responsables importanteagricultura a presión resultante de la revolución verde
y la protección en los paìses ricos, han sodo responsables importantes, tanto del medio siglo
de esplendor del Centenario, como de la posterior declinación en la actividad
económica y de la desaparición de muchos de los estímulos para la
acumulación, que habían existido, en países fuertemente dedicados a la
agricultura de exportación. En la Argentina y el Uruguay puede llegar a hablarse
de un período de decadencia, durante el cual el crecimiento del capital social
ha quedado vulnerado por las pérdidas derivadas de la declinación del modelo
internacional vigente. En las llanuras rioplatenses la caída de la coyuntura
agroexportadora desde la Primera Guerra Mundial y la Depresión de 1929-32, con
el retorno al proteccionismo comercial mundial, se sentiría mucho más
fuertemente que en los Estados Unidos, el Canadá, Australia, Nueva Zelandia y
África del Sur, por varios factores:
-
El balance de pagos exteriores entre exportaciones agropecuarias e
importaciones industriales había sido más conveniente y ocupaba
porcentajes más altos del PBI.
-
La minería, la pesca, las industrias y los servicios tenían un porte
relativamente menor. Habían estado orientados a abastecer sólo el pequeño
mercado interior en lo que dejaba libre la competencia con las importaciones
y no tuvieron alicientes para ganar terreno cuanti y cualitativamente en los
mercados mundiales. Aun cuando a partir de 1940 fueron fuertemente
subsidiados por espacio de medio siglo, continuaron circunscribiéndose a
abastecer el mercado interno, ahora protegido por las políticas de
autarquía e industrialización forzada.
-
La vinculación comercial de los países del Plata se había mantenido
con los importadores que pagaron los menores precios por los productos
agropecuarios. Solamente en breves períodos de la Guerra de Corea y del
embargo a la URSS, al que la Argentina no adhirió, los embarques de
cereales, oleaginosas, carnes, lana y otros productos obtuvieron
cotizaciones altas. Para las carnes, el encierro en el circuito aftósico,
debido primordialmente a desidia propia, resultó sumamente perjudicial. Los
ganaderos mexicanos, nicaragüenses y neocelandeses sufrieron mucho menos
por traficar dentro del circuito libre de aftosa que conservó precios más
altos en los EE.UU, Japón, etc.
-
Algunas actitudes y decisiones políticas y diplomáticas descomedidas,
que significaron el enfriamiento con los mejores socios potenciales y
reales.
-
La aplicación general de políticas internas estatista-populistas que
conspiraron contra los conceptos de eficacia, eficiencia y excelencia,
dificultaron el control de gestión en la producción y encontraron salida
en una inflación monetaria corrosiva, burocratización exagerada, diversos
parasitismos y pérdida de competitividad.
-
Al desaparecer las expectativas optimistas del sueño americano se
favorecieron las quisquillosidades políticas; la frustración de las clases
medias terminaría en terrorismos doctrinarios que provocaron represiones
durísimas y nuevas interrupciones del libre juego de las instituciones
democráticas con descuido de la gimnasia republicana, capital social muy
importante, trabajosamente acumulado durante las décadas del esplendor.
Si es cierto que la vocación económica natural de
estos países les había brindado un medio siglo de auge que los colocó a la
cabeza del grupo de las culturas criollas, también es cierto que buena parte
del período regresivo posterior no debe atribuirse exclusivamente a vicios
intrínsecos de las personalidades e identidades psico-sociales de los pueblos,
sino al cambio del ambiente en forma desfavorable para esa misma vocación, lo
que origina la necesidad de reordenarla de acuerdo con una nueva realidad del
mundo en veloz cambio. En los hechos, el clima económico, social y político ha
pasado de un período que era un caldo de cultivo generoso, en el cual
proliferaban ágiles y provechosos múltiples emprendimientos, a ser una
atmósfera enrarecida, en la cual las iniciativas se tornan pesadas, la
rentabilidad escasa, los fracasos frecuentes. En estas condiciones prosperan los
pesimismos y adquieren importancia relevante las facetas negativas que ya hemos
señalado en el temperamento criollo desde los comienzos mismos de su
formulación histórica. Se acentúan el egoísmo, la corrupción y el
desarraigo mercenarios dispuestos a derribar cualquier obstáculo con tal de
rendir culto al becerro de oro; se hacen más agudos los conflictos y pugnas de
individuos y de grupos (partidos, sindicatos, cámaras empresarias, hasta en los
aspectos aparentemente baladíes del comportamiento de hinchadas deportivas o
barras locales(2). Resurge el culto del coraje y la vieja saña
feroz que campearon en otros períodos de desorientación y desesperanza en
forma de mayor violencia y delincuencia, la justicia queda relativizada, sin
norte, y la comunidad sin modelos ejemplares de conducta.
Esta situación crea una actitud de hipocondría
generalizada ante la suma de inconvenientes y dificultades que se presentan a
cada paso. Cunde el pesimismo escéptico, se exacerba el autoanálisis impiadoso
en busca de las causas del mal que parece haberse abatido sobre la comunidad,
cae a los niveles más bajos la confianza en las instituciones y en los hombres,
emigran los individuos y los recursos más necesarios(3) para
eludir esa aparente maldición divina. Se habla de mil maneras de mal nacional,
aunque sea fácil advertir que los inconvenientes apuntados no encierran
misterios, ni son absolutos, ni imposibles de remediar (Massuh, M-39).
Esta frustración es, por supuesto, mucho más evidente
entre los países, regiones y grupos que habían vivido más intensamente la
simulación del desarrollo, habiendo llegado a autoconvencerse de su propio
protagonismo en el proceso de enriquecimiento y en los signos de modernización
general que habían acompañado a los períodos de bonanza. La Argentina, el
Uruguay, Venezuela, regiones de México, del Brasil y de otras naciones son los
más afectados. A la inversa, algunos países y grupos mantienen una actitud
más constructiva intentando superar los viejos y nuevos problemas
racionalmente, como lo están haciendo Chile y Costa Rica de fin de siglo y
países como Nicaragua, Guatemala y El Salvador, que están logrando superar sus
sangrientas rencillas interiores y abriendo mejores expectativas.
La influencia circunstancial del ambiente creado por
las posibilidades económicas tiene rasgos locales marcados debido a la
dotación de recursos de cada lugar y al genio demostrado por cada grupo humano
para ubicarse en la situación. La verdadera esencia del criollo mantiene sin
mella los caracteres negativos cuya génesis y desarrollo histórico se han
analizado. Sin embargo, los mismos éxitos señalables en algunos grupos y los
numerosos y señalados triunfos logrados por individuos criollos que emigran en
busca de un clima social más propicio, indican que el tipo humano
latinoamericano tiene posibilidades.
Es evidente que el empeoramiento de las circunstancias
exteriores complica y dificulta la evolución de países como los de América
Latina que irremediablemente dependen en forma sustancial de su comercio
internacional. Y no se tome esto como una crítica a la dependencia, ni un
elogio a las autarquías, puesto que los países que en el mundo han crecido
más rápido e integralmente en los últimos tiempos, lo han hecho aprovechando
cabalmente su competitividad en los mercados mundiales.
Ello planteó desafíos adicionales para líderes y liderados en busca de
restaurar la confianza, ahuyentar los fantasmas y retomar el avance sobre bases
firmes.
Notas al pie
(1) Recibieron esta
denominación los períodos de precios del comercio internacional que dieron
gran capacidad negociadora a los países con grandes excedentes exportables de
alimentos.
(2) Es frecuente que los
partidarios de un equipo deportivo celebren alborozados la derrota de un
contrincante en la liga local, frente a un adversario en el extranjero.
(3) Períodos de desencanto en
el Uruguay seguidas de oleadas de emigración harían tristemente célebre el
dicho "el último que salga apague la luz".
|